—Señora, rece usted el Credo —vociferó Trijueque—. Que vengan cuatro escopeteros. Atadle las manos a la espalda.

—Pues qué, ¿me quieren fusilar? —gritó la infeliz con angustia.

—Este condenado mosén Antón —me dijo en voz baja Sardina— quiere hoy una víctima, y al fin habrá que dársela.

Creyendo luego conveniente interponer su autoridad para impedir un hecho abominable, habló así:

—Buena mujer, ponga usted sus pechos a disposición de la patria y del Rey... El Empecinadillo es hijo adoptivo de este ejército... dele usted de mamar, y tengamos la fiesta en paz... Y a usted, Sr. Santurrias, le ordeno que despeche a ese becerro de dos años lo más pronto posible, o que lo deje en cualquiera de estos lugares. Todos los días hay una cuestión por la teta que necesita el muñeco.

La hermosa mujer, comprendiendo el peligro que la amenazaba si no ponía a disposición de la patria los dones que natura le concediera, tomó al muchacho y lo arrimó a su seno. El gusto que debió experimentar nuestro Empecinadillo cuando se vio regalado con lo que en abundancia tenía su improvisada madre, figúreselo el lector, y traiga a la memoria las hambres y los hartazgos de sus verdes niñeces, si es que tan remotas impresiones pueden venir a la memoria. El huerfanillo tragaba con voracidad insaciable, y según la fuerza con que sus manecitas apretaban lo que tenían más cerca, parecía querer tragarse también aquellas partes, causa de su regocijo, y que demostraban la longanimidad del Criador para con la señá Librada, pues tal era el nombre de aquella mujer.

Los circunstantes veían con alborozo el glotón rechupar del huérfano, y aplaudían en coro diciendo:

—¡Cómo traga! ¡La va a dejar en los huesos! Es un fraile dominico que nunca acaba de llenar el buche.

D. Vicente Sardina, que continuaba teniendo más hambre que seis estudiantes, miraba al hijo de la guerrilla con ansiosa envidia.

Cuando el jefe marchó a despachar el almuerzo que le había dispuesto el Sr. Viriato, mosén Antón me dijo: