Después de tenernos en pie en su presencia un cuarto de hora sin dignarse mirarnos, fija su atención en los despachos que redactaba un escribiente, nos preguntó:

—A ver, señores oficiales, díganme con franqueza qué les gusta más: ¿servir en los ejércitos regulares o en las partidas?

—Mi general —le respondí—, nosotros servimos siempre con gusto allí donde tenemos jefes que nos den ejemplo de valor.

No nos contestó, y fijando los ojos en el oficio que torpemente escribía el otro a su lado, dijo con muy mal talante:

—Esos renglones están torcidos... ¡qué dirá el general cuando tal vea!... Pon muy claro y en letras gordas eso de obedeciendo las órdenes de vuecencia... pues. Después de los latines... (porque estos principios son latines o boberías), pon: participo a vuecencia y pongo en conocimiento de vuecencia; pero son estos muchos vuecencias juntos...

El Empecinado se rascaba la frente buscando inspiración.

—Bueno: ponlo de cualquier modo... Ahora sigue... que hallándonos en Ateca el general Durán y yo... Animal, Ateca se pone con H... eso es, que hallándonos en Ateca risolvimos... está muy bien... risolvimos con dos erres grandes a la cabeza... así se entiende mejor... atacar a Calatayud... Calatayud también se pone con H... no, me equivoco. ¡Maldita gramática!

Luego, volviéndose a nosotros, nos dijo.

—Aguarden ustedes un tantico, que estoy dictando el parte de la gran acción que acabamos de ganar.

Emprendiéndola de nuevo con el escribiente, prosiguió así: