—¡Si tú supieras de letras la mitad que aquel bendito escribano de Barriopedro, que nos mataron el mes pasado! Estas letras gordas y claras con un rasguito al fin que dé vueltas, y los palos derechitos... Cuidado con los puntos sobre las íes... que no se te olviden... ponlos bien redondos... Sigamos. Yo (coma) no llevaba conmigo (coma) más que la mitad (coma) de la gente (dos comas).

—No son necesarias tantas comas —replicó con timidez el escribiente.

—La claridad es lo primero —dijo el héroe—, y no hay cosa que más me enfade que ver un escrito sin comas, donde uno no sabe cuándo ha de tomar resuello. Bien: puedes comearlo como quieras... Adelante... porque había dejado en tierra de Guadalajara la división de D. Antonio Sardina; pero Durán llevaba consigo toda su gente, y toda la de D. Antonio Tabuenca y D. Bartolomé Amor (punto, punto grande). Reuníamos entre todos 5.000 hombres... ¿Hombres con h? Me parece que se pone sin h... No estoy seguro. En el infierno debe estar el que inventó la otografía, que no sirve más sino para que los estudiantes y los gramáticos se rían de un general... Adelante: Pues como iba diciendo a vuecencia... no, no: quita el como iba diciendo... eso no es propio, y pon: el 26 de septiembre entre dos luces, aparecimos Durán y yo sobre Calatayud y les sacudimos a los franceses tan fuerte paliza...

—Eso de la paliza —dijo el escribiente mordiendo las barbas de la pluma— no me parece tampoco muy propio.

—Hombre, tienes razón —repuso el Empecinado rascándose la sien y plegando los párpados—. Pero es lo cierto que no sabe uno cómo decir las cosas para que tengan brío... En los oficios se han de poner siempre palabritas almibaradas, tales como embestir, atacar, derrotar, y no se puede decir les sacudimos el polvo, ni les espachurramos, lo cual, al decirlo, parece que le llena a uno la boca y el corazón. Escribe lo que quieras... Bien: les embestimos, desalojándoles de la altura que llaman los Castillos, y pescando algunos prisioneros.

Entusiasmado por el recuerdo de su triunfo volviose a nosotros, y con semblante vanaglorioso nos dijo:

—Bien hecho estuvo aquello, señores. Si les hubiesen visto ustedes cómo corrían... Y eso que había mucha diferiencia en las fuerzas. Ellos eran más... Pon eso también —añadió dirigiéndose al escribiente—, pon lo de la diferiencia... así, está bien. Ahora sigue: La guarnición se encerró en el convento fortificado de la Merced, y los mandaba un tal musiú Muller... escribe con cuidado eso del musiú... se pone MOSIEURRE... muy bien... Ahora descansemos, y un cigarrito.

D. Juan Martín nos dio a cada uno de los presentes un cigarrillo de papel, y fumamos. Aunque habló por breve rato de asuntos ajenos a la acción de Calatayud, el general no podía apartar de su mente la comunicación que estaba redactando, y dijo a su amanuense:

—Vamos a ver. Adelante. Pues como iba diciendo a vuecencia... no: eso no; ¡maldita costumbre! Pon: Durán atacó el convento de la Merced, y como no tenía artillería abrió minas... en fin, para no cansar a vuecencia, Durán los amoló.

El escribiente, comiéndose otra vez las barbas de la pluma, miró al general con expresión dubitativa.