—Según y cómo —repitió Albuín, poniendo su única mano sobre la mesa y atrayendo a sí la atención de los que estábamos presentes—. Eso de que todos sean gentes honradas no es verdad, Sr. D. Juan Martín. Los calumniadores, los chismosos que están siempre trayendo y llevando cuentos al general, ¿pueden ser gentes honradas?

—Amigo Albuín —contestó el Empecinado—, usted tiene tirria a dos o tres personas de este ejército, y por eso se le antojan los chismes y enredos.

—Sí, señor, chismes y enredos, y lo sostengo —afirmó D. Saturnino—, lo sostengo aquí y en todas partes. ¿Cómo se llama si no el venir aquí contándole a usted lo que yo dije y lo que me callé? Yo no digo nada más que la verdad, y no en secreto, sino públicamente, delante de Juan y de Pedro, de Fulanito y de Perencejo. Y esto que he dicho, ahora lo voy a repetir.

—Pues lo oiremos.

—Y no es más sino que digo y repito y sostengo —replicó Albuín con energía— que aquí se está uno batiendo, se está uno matando, se está uno destrozando el alma y el cuerpo; pasan meses, pasan años, y con tanto trabajar no salimos nunca de la miseria. Señores que me oyen, digan si es justo que D. Saturnino Albuín no tenga otros calzones que estos guiñapos que lleva en las piernas.

Hubo un momento de silencio, durante el cual todos contemplamos la prenda indicada, que, en efecto, no era digna de figurar sobre el cuerpo de quien habría sido mariscal de Francia si hubiera servido a Napoleón.

—Sr. D. Saturnino —dijo gravemente Don Juan Martín—, después del valor, la primera virtud del soldado es la humildad. Nosotros no combatimos por dinero: combatimos por la patria. Me ha dicho usted que sus calzones están un si es no es destrozadillos. Tortas y pan pintado, amigo D. Saturnino. La guerra trae tales desgracias; el buen soldado no mira a su cuerpo, señores: el buen soldado no fija los ojos más que en el cielo y en el enemigo.

Y luego, desabotonándose el uniforme, añadió:

—Señores, si les ha llamado la atención que D. Saturnino lleve unos calzones rotos, miren hacia acá y verán que el Empecinado no tiene camisa.

Efectivamente, el uniforme abierto dejaba ver el velludo pecho del héroe.