—Y no me quejo, señores —prosiguió abotonándose—; no estoy siempre glarimeando como el Sr. Albuín. De aquí en adelante voy a mandar venir de la Corte una docena de sastres para que vistan de seda y brocado a mi oficialidad.

—Sr. D. Juan Martín —dijo el Manco—, no venga echándosela de anacoreta. Usted no tiene camisa porque no quiere, porque es un desastrado y un facha. Señores, ¿les parece a ustedes propio de un general quitarse la camisa en medio del camino para dársela a un viejo pedigüeño que se quejaba de frío?... Basta de farsas. Ello es que nosotros luchamos, nosotros nos batimos, y para nosotros no hay pagas, para nosotros no hay recompensa, para nosotros no hay más que palos, fríos, calores, lluvias, fatiga, y por último una muerte gloriosa que para nada nos sirve, si es que no nos coge en pecado mortal, para acabar de divertirse uno en los infiernos.

—¿El Sr. Albuín quiere dinero? —dijo el general—. Pues bien sabe ya que no se lo puedo dar. Casi todo lo que se recauda se entrega a la Junta, y si esta no da pronto las pagas porque hay muchas cosas a que atender, ya las dará. En el ínterin nosotros nos cobramos en trigo, en cebada, en paja, en almortas, en bellota, en centeno y otras comibles especies que vamos recogiendo por los pueblos.

—Y que yo le regalo al Sr. Juan Martín —replicó vivamente el Manco— para que con tales especies mantenga a su mujer y a sus hijos, y se llene el buche a sí propio, y se vista y calce... Pero voy a lo principal... ¡Ah, señor general de mi alma! Nosotros somos unos bobos, porque mientras usted y yo estamos el uno sin calzones y el otro sin camisa, en la partida hay quien se ríe de vernos desnudos y sin un cuarto.

—No dudo que tengamos aquí algunas personas ricas, como por ejemplo...

—No es eso, no, Sr. Martín Díez —replicó el Manco—. Estos de que hablo aparentan ser más pobres que las ratas; son de los que todos los días nos piden un cigarro y dos cuartos para aguardiente; pero todo lo acaparan, embaulan lo que se recoge, de tal modo, que ni la junta ni cien juntas saben a dónde ha ido a parar. Y aguante usted esto, sí, señor; aguántelo usted... y déjese usted matar por la patria y por el Rey... En resumidas cuentas, se acabará la guerra, y los que lo han hecho todo quedaranse más pobres que antes, mientras que los uñilargos (aquí hizo el Manco con los dedos de su única mano un gesto muy expresivo) irán a Madrid a comerse en paz lo que han merodeado a nuestra costa. ¡Si somos unos héroes, Sr. D. Juan Martín; si la historia se va a ocupar de nosotros y a ponernos por las nubes!... pero comeremos pedazos de gloria y páginas de libro.

—Amigo Albuín —dijo el general—, tan acostumbrado estoy a su genio endemoniado, que no me coge de nuevo lo que me ha dicho, y le perdono sus bravatas. ¡El demonio es D. Saturnino! ¿Y quién al oírle diría que es el hombre mejor del mundo?... ¿Conque dinero?... ¿Para qué quieren las personas de bien el dinero? Aquí no hay gente viciosa. Los empecinados no combaten sino por la gloria, por la libertad, por la independencia.

—Bueno es todo eso —repuso Albuín—; pero otros jefes de la partida, tales como Chaleco, Chambergo, Mir y el Médico, todos personas muy completas y honradas, sin dejar de poner a la patria sobre su cabeza, cuidan de asegurar el porvenir de sus familias, y hombre hay entre esos que ha hecho su capital en un quítame allá esas pajas.

—Conversación. Ni Chaleco ni Mir tienen sobre qué caerse muertos.

—No hablemos más —dijo D. Saturnino— porque pierdo la paciencia. El general hará lo que guste; pero yo no sé hasta dónde podré resistir.