Brincó el descomunal caballo sobre el suelo, brincó el jinete sobre la silla, y ambos, inflamados en la pasión de la guerra, se lanzaron con deliciosa fruición en la atmósfera del peligro. El brazo derecho del clérigo, armado de sable, era un brazo exterminador que no caía sino para mandar un alma al otro mundo. Detrás de él, ¿quién podía ser cobarde? Su horrible presencia infundía pánico a los contrarios, los cuales ignoraban a qué casta de animales pertenecía aquel gigante negro, que parecía dotado de alas para volar, de garras para herir, y de incomprensible fluido magnético para desconcertar. Un tigre que tomara humana forma, no sería de otra manera que como era mosén Antón.

Por otro lado, D. Saturnino y el Empecinado tuvieron que hacer grandes esfuerzos para aguantar el empuje de los franceses, y aunque al fin logramos derrotarles, obligándoles a volverse hacia Daroca, tuvimos muchas y sensibles pérdidas. El campo estaba sembrado de muertos y heridos de una y otra nación. Afortunadamente para nosotros, los franceses al retirarse no habían podido salvar sus bagajes, y en ellos halló nuestra hambre con qué satisfacerse, y los heridos algunos remedios. Pero no se nos permitió largo descanso, ni tampoco auxiliar con calma a los que lo habían menester, y poco después de la victoria la partida emprendió la persecución del enemigo derrotado.

IX

Los carros de que dispusimos se llenaron de heridos amontonados con desorden, y una pequeña fuerza rezagada se encargó de custodiarles, dejándoles en los pueblos del tránsito. Los demás nos pusimos en marcha. Albuín iba de vanguardia, mortificando a los fugitivos a lo largo del camino de Yunta, y mosén Antón, obligado a marchar a retaguardia, bramaba de ira por considerar su papel un poco deslucido en aquella expedición.

En las aldeas por donde pasamos tuvimos ocasión de presenciar escenas tristísimas, pero que eran inevitables en aquella cruel guerra. Los habitantes del país cometían mil desafueros y crueldades en los franceses rezagados, bien ahorcándoles, bien arrojándoles vivos a los pozos. Por una parte, les impulsaba a esto su odio a los extranjeros, y por otra, el deseo de congraciarse con los guerrilleros que venían detrás, y evitar de este modo que se les tachase de afectos al enemigo.

Más allá de Odón nos cogió la noche, y Sardina, permitiéndose descansar en un ventorrillo que a la entrada del lugar estaba, juntó alrededor de una mesa a cuatro o cinco oficiales, entre los cuales tuve el honor de encontrarme. Tratábase de ver qué gusto tenía una torta y un zaque de vino aragonés ofrecidos al jefe por unos honrados labriegos de Odón. Sardina, dando rienda suelta a su humor festivo, reía de todo: de los franceses, de los empecinados, del pastel y del vino, que eran de lo peor. Mosén Antón golpeaba con la palma de su manaza la mesa, alzábase el gorro hasta la corona, para calárselo después hasta las cejas; escupía; hablaba palabras no entendidas, hasta que, interpelado bruscamente por su jefe, se expresó de este modo:

—Ya veo claro que se desea deslucirnos.

—¿Cómo deslucirnos?

—Esta división debió marchar delante picando la retaguardia a los franceses —vociferó Trijueque, echando fuera del cráneo casi todo el globo de los ojos—. Usted no ve estas cosas; usted tiene una frescura, una pachorra... Si yo fuera jefe de la división, al ver que me dejaban a retaguardia con intento manifiesto de deslucirme y obscurecerme, habría roto la espada y retirádome de este ejército.

—Querido Antón —dijo D. Vicente con bondad—, todos no pueden ir a vanguardia. Bastante nos hemos distinguido hoy, y esto de ir en los cuartos traseros del ejército nos sirve de descanso.