—¡Descanso! —repuso el clérigo desdeñosamente—. ¡Que no he de oír en esa boca otra palabra!
—Si pensará el buen cura de Botorrita que todos somos de hierro como su reverencia.
—Lo que digo —gritó el clérigo dando sobre la mesa tan fuerte puñada que el inválido mueble estuvo a punto de acabar sus días— es que si yo hubiera marchado delante con el Crudo y Orejitas, como era natural, y como lo indiqué a Juan Martín al fin de la batalla, los franceses habrían dejado la mitad de su gente entre las casas de Yunta. Pero ya... desde que Juan Martín se ha llenado de cruces y fajas, de galones y entorchados como un generalote de los de Madrid, no nos permite que nosotros, los pobres guerrilleros harapientos y sin nombre, hagamos cosa alguna que suene y sea llevada por la fama desde un cabo a otro de la Península. Para nosotros no trompetean los diarios de Cádiz; para nosotros no hay donativos ni suscripciones; nuestros humildes nombres no figuran en la Gaceta, ni por nosotros van las damas pidiendo de puerta en puerta, ni nadie dice las hazañas de mosén Antón, las hazañas de Sardina, porque Sardina y Antón y Orejitas son tres almas de cántaro que han matado muchos franceses; pero que no se alaban a sí mismos, ni se ponen cintajos, ni tienen orgullo, ni tratan de humillar a los subalternos, ni echan sobre los demás la fatiga y sobre sí propios la gloria.
Púsose serio el jefe, y volviéndose a su segundo, con las manos apoyadas en la cintura, fruncido el ceño, y haciendo repetidas insinuaciones afirmativas con la pesada cabeza, le dijo:
—Ya son muchas con esta las veces que ha dicho mosén Antón delante de mí palabras ofensivas a nuestro general; y francamente, amigo, me va cargando. Mosén Antón, usted no está contento en la partida, lo conozco; usted se cree humillado, postergado y ofendido... Pues largo el camino. Aquí no se quiere gente descontenta.
—Sí, me marcharé, me marcharé —dijo el clérigo trémulo de ira—. ¡Si lo que quieren es que me marche! No saben cómo echarme. No me gusta estorbar, Sr. D. Vicente. Ya sé que no sirvo más que para decir misa; otros hay en la partida más valientes que yo, más guerreros que yo. ¿De qué sirve este pobre clérigo?
—Nadie ha desconocido sus servicios; todos reconocen el gran mérito de mosén Antón, y principalmente el general le tiene en gran estima, y le aprecia más que a ningún otro de la partida.
—Menos cuando se dan al pobre clérigo los puestos más desairados; menos cuando se le niega confianza, no permitiéndole que mande un cuerpo de ejército; menos cuando se adoptan todos los pareceres distintos del suyo para empequeñecerle. Mosén Antón es un desgraciado, un botarate, un loco, un díscolo y un impertinente. Verdad es que mosén Antón suele acertar en los movimientos que dirige; verdad es que sin mosén Antón no se hubiera ganado la batalla de Fuentecén, ni la del Casar de Talamanca, ni se hubiera entrado en la Casa de Campo de Madrid; verdad es que sin mosén Antón no se hubiera desbaratado el ejército del general Hugo... Pero esto no vale nada. Mosén Antón es un pobre hombre, un envidioso, como dicen por ahí; un revoltoso que ha sembrado discordias en la partida... ¡Váyase mosén Antón con mil demonios!... ¡Qué holgada se quedará la partida cuando el clerigote pendenciero se marche lejos de ella!
—Verdaderamente —repuso Sardina con calma—, no falta razón para acusar a usted de díscolo, revoltoso, intratable e impertinente. Pero, hombre de Dios, ¿qué quiere usted? Pida por esa bocaza. No quisiera morirme sin ver a mi segundo satisfecho y contento siquiera un minuto.
—No pido ni quiero nada —dijo el guerrillero levantándose con tan poco cuidado, que sus rodillas, al pasar del ángulo agudo a la línea recta, dieron a la mesa un fuerte golpe, que la arrojó al suelo con platos y vasos.