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Dábase a todos los demonios el general en jefe, cuando llegó otro correo de D. Saturnino Albuín diciendo que juntos este y mosén Antón Trijueque habían ganado una gran victoria en Calcena, matando setenta franceses.

—Váyase lo uno por lo otro —dijo el Empecinado—. Ya sabía yo que la mano derecha de D. Saturnino había de dar algún porrazo bueno por ahí... Pero se ha levantado el sitio de Borja, y eso no me gusta. Sr. D. Vicente, entre Albuín y Trijueque se proponen hacerme pasar por un monigote... Que ganen batallas enhorabuena, pero sin echarme abajo mis planes; porque yo tengo mis planes, y mis planes son atacar a Borja, y después a Alagón, para obligarles a que saquen tropas de Zaragoza... Pero vamos, vamos a Calcena a ver qué victoria ha sido esa. Esos dos guerrilleros de Barrabás merecen al mismo tiempo la faja de generales por su bravura, y cincuenta palos por su desobediencia. En marcha.

Al llegar a Calcena, después de medio día de marcha, advertí que el general era recibido por la tropa con alguna frialdad. Parte del pueblo ardía, y los desgraciados habitantes, más cariñosos con D. Juan Martín que su misma tropa, salían al encuentro de este, suplicándole pusiese fin al incendio y al saqueo. Una mujer furiosa adelantose por entre los caballos, y deteniendo enérgicamente por la brida el del general, exclamó más bien rugiendo que hablando:

—¡Juan Martín, justicia! ¿Te has alzado en armas contra España o contra Francia?

—¿Es señá Soleá?... La misma. La amiga de mi mujer... ¿Señá Soleá, qué le pasa a usted?

—Juanillo, Juanillo, ¿mandas soldados o bandoleros? ¡Malos rayos del cielo te partan! Nos saquearon los franceses anoche, y esta mañana nos han saqueado los tuyos... ¿Qué cuadrillas de tigres carniceros son estas que traes contigo?

—Veré lo que pasa —dijo el general frunciendo el ceño.

—Juanillo, después que eres general, ya no se te puede hablar de tú —añadió la mujer, cuya fisonomía revelaba el mayor espanto—. Yo te conocí guardando los guarros de tu padre el tío Juan... yo conocí a la señá Lucía Díez, tu madre... Si no nos haces justicia, iremos a decirle a Doña Catalina Fuente que eres un asesino... Juanillo, esta mañana han fusilado a mi marido porque no les quiso dar unos pocos pesos duros que teníamos envueltos en un pañuelo.

Oyose una fuerte detonación.