—Trijueque está haciendo de las suyas —dijo el Empecinado, rompiendo a caballo por entre la multitud.
—No es nada, señores —indicó Santurrias, que con su niño en brazos apareció, mostrándonos su abominable sonrisa—. Es que están fusilando a los pícaros franceses prisioneros, que nos hicieron fuego desde la casa del alcalde.
El vecindario clamaba a grito herido. Don Juan Martín, haciendo valer al instante su autoridad, penetró en la plaza, entró en la casa del Ayuntamiento e hizo llamar a su presencia a los dos cabecillas Albuín y Trijueque. No tardó este en presentarse. Su rostro, ennegrecido por la pólvora, era el rostro de un verdadero demonio. El júbilo del triunfo mostrábase en él con una inquietud de cuerpo y un temblor de voz que le hubieran hecho risible si no fuera espantoso. Sin aguardar a que el general hablase, tomó él la palabra, y atropelladamente dijo:
—¡He derrotado a mil quinientos franceses con solo ochocientos hombres!... ¡bonito día!... ¡Viva Fernando VII!... He cogido cuatrocientos prisioneros... ¿para qué se quieren prisioneros?... Cuatrocientas bocas... lo mejor es pim, plum, plam, y todo se acabó... Demonios al infierno.
Hacía ademán de llevarse el trabuco a la cara, y cerraba el ojo izquierdo, haciendo con el derecho imaginaria puntería.
—Celebro la victoria —dijo con calma Don Juan—; pero ¿por qué abandonaste a Orejitas?
—¡Oh! —exclamó con diabólica sonrisa el guerrillero—, ya sé que no doy gusto a los señores... Ya sabía que mi conducta no sería de tu agrado, Juan Martín... mosén Antón Trijueque es un tonto, un loco, y no puede hacer más que desatinos... He ganado una batalla, la más importante batalla de esta campaña; pero ¿esto qué vale?... Es preciso anonadar y obscurecer a mosén Antón.
—Lo que vale y lo que no vale harto lo sé —repuso el Empecinado alzando la voz—. Respóndeme: ¿por qué no fuiste a ayudar a Orejitas? De mí no se ríe nadie (y soltó redondo un atroz juramento), y aquí no se ha de hacer sino lo que yo mando.
—Pues bien —dijo mosén Antón, haciendo con los brazos gestos más propios de molino de viento que de hombre—: abandoné a Orejitas porque el sitio de Borja me pareció un disparate, una barbaridad que no se le ocurre ni a un recluta... Cuidado que es bonita estrategia... ¡Sitiar a Borja, cuando los franceses andan otra vez por Calatayud! Perdone Su Majestad el gran Empecinado —añadió con abrumadora ironía—; pero yo no hago disparates, ni me presto a planes ridículos.
—¿Redículos, llama redículos a mis planes? —exclamó D. Juan fuera de sí—. No esperaba tal coz de un hombre a quien saqué de la nada de su iglesia para hacerle coronel. ¡Coronel, señores!... Un hombre que no era más que cura... Trijueque —añadió amenazándole con los puños—, de mí no se ríe ningún nacido, y menos un harto de paja y cebada como tú.