Mosén Antón púsose delante de su jefe y amigo; desgarró con sus crispadas manos la sotana que le cubría el pecho, y abriendo enormemente los ojos, ahuecando la temerosa voz, dijo:

—Juan Martín, aquí está mi pecho. Mándame fusilar, mándame fusilar porque he ganado una gran batalla sin consentimiento tuyo. Te he desobedecido porque me ha dado la gana, ¿lo oyes? porque sirvo a España y a Fernando VII, no a los franceses ni al Rey Botellas. Manda que me fusilen ahora mismo, prontito, Juan Martín. ¿Crees que temo la muerte? Yo no temo la muerte, ni cien muertes: ¡me reviento en Judas! Yo no soy general de alfeñique; yo no quiero cruces, ni entorchados, ni bandas. El corazón guerrero de Trijueque no quiere más que gloria y la muerte por España.

—Mosén Antón —dijo D. Juan Martín—, tus bravatas y baladronadas me hacen reír. Semos amigos, y como amigo te sentaré la mano por haberme desobedecido. Además, ¿no tengo mandado que no se hagan carnicerías en los pueblos?...

—Este pueblo dio raciones a los franceses y no nos las quería dar a nosotros. Los calceneros son afrancesados.

—Eres una jiena salvaje, Trijueque —dijo cada vez más colérico—. Por ti nos aborrecen en los pueblos, y concluirán por alegrarse cuando entren los franceses.

—He fusilado a unos cuantos pillos afrancesados —replicó mosén Antón—. También hice mal, ¿no es verdad? Si este clérigo no puede hacer nada bueno. Juan Martín, fusílame por haber ganado una batalla sin tu consentimiento... Es mucha desobediencia la mía... Soy un pícaro... Pon un oficio a Cádiz diciendo que mosén Antón está bueno para furriel y nada más.

—¡Silencio! —exclamó de súbito con exaltado coraje el Empecinado, sin fuerzas ya para conservar la serenidad ante la insolencia de su subalterno.

Y sacando el sable con amenazadora resolución, amenazó a Trijueque repitiendo:

—¡Silencio, o aquí mismo te tiendo, canalla, deslenguado, embustero! ¿Crees que soy envidioso como tú, y que me muerdo las uñas cuando un compañero gana una batalla? Aquí mando yo, y tú, como los demás, bajarás la cabeza.

Mosén Antón calló, y sus ojos despidieron destellos de ira. Púsose verde, apretó los puños, pegó al cuerpo las volanderas extremidades, agachose, apoyando la barba en el pecho, y de su garganta salió el ronquido de las fieras vencidas por la superioridad abrumadora del hombre. La autoridad de Juan Martín, el tradicional respeto que no se había extinguido en su alma, la presencia de los demás jefes, y, sobre todo, la actitud terrible del general, pesaron sobre él, humillando su orgullo. El Empecinado envainó gallardamente el sable, y acercándose a Trijueque asió la solapa de su sotana u hopalanda, y sacudiole con fuerza.