—¿Qué familia tienes?

—Mujer y siete chiquillos. El mayor no llega a diez años.

—¡Hombre, te comerán vivo!

Garrapinillos exhaló un suspiro, y luego dijo mirando al cielo:

—Juan Martín, ¿no sabes a qué vengo?

—No, si no me lo dices.

—Pues vengo a que me devuelvas lo que me han robado —clamó con violenta cólera el campesino, cerrando los puños y jurando y votando—. Si no, tú y todos los tuyos se las verán conmigo, pues yo soy un hombre que sabe defender el pan de sus hijos.

—¿Qué te han robado, Garrapinillos, y quién ha sido el ladrón?

—El ladrón —dijo el labriego señalando con enérgico ademán a Albuín— es ese.

El Manco, que a consecuencia del mucho comer y de las copiosas libaciones dormitaba con la cabeza oculta entre los brazos y estos apoyados sobre la mesa, despabilose al instante, y miró a su acusador con ojos turbios y displicente expresión.