—Garrapinillos —manifestó D. Juan Martín—, pue que te hayan sacado algún dinero, si los jefes impusieron contribución para sostenimiento de las tropas, porque la Junta no nos paga, y el ejército ha de vivir.
—Yo he pagado mis tributos siete veces en dos meses —contestó el reclamante—; yo he dado en aguardiente y en pan más de lo ganado en un mes. Esta mañana me pidieron doce pesos y los di, quedándome solo con dos y medio.
—¿Y es eso lo que te han robado?
—No es eso, que es otra cosa —respondió acompañando sus palabras con gestos vehementes—. Lo que me han robado es treinta y cuatro pesos que mi mujer tenía guardados en su arca... ¡Porra! Lo ganado en diez años, Juanillo. Mi mujer iba guardando, guardando, y decíamos: «pus compraremos esto, pus compraremos lo otro...»
—¿Y dices que entró la tropa y abrió las arcas?
—Entró ese con otros dos, ese que nos está oyendo —declaró el robado señalando otra vez a Albuín tan enérgicamente como si quisiera atravesarlo de parte a parte con su dedo índice—, ¡ese tunante que no tiene más que una mano!
Albuín, después que a satisfacción observó a su acusador, se descoyuntó las quijadas en un largo bostezo, y volviendo a cruzar los brazos sobre la mesa, reclinó de nuevo sobre ellos la cabeza, creyendo sin duda que los gritos de aquel desgraciado no debían turbar las delicias de su modorra. El mirar turbio, el largo bostezo, el hundir la cabeza, le dieron apariencias de un perro soñoliento a quien la persona mordida insultara desde lejos sin poder hacerle comprender el lenguaje humano.
—Garrapinillos —dijo D. Juan—, no se habla de ese modo de un coronel. Este señor es el valiente D. Saturnino Albuín, a quien habrás oído nombrar. Su mano derecha es el terror de los franceses. Napoleón daría la mitad de su corona imperial por poder cortar esa mano.
—Y también los españoles —dijo el agraviado—. Que me devuelva mis 34 pesos, y le dejaré en paz. Si no, general Juanillo, te juro que le mato, le ensarto, le vacío, le desmondongo... A buen seguro que si yo hubiera estado en casa... Yo había salido a la calle en busca de dos de los chicos, que se salieron a ver fusilar franceses... Cuando volví, mi mujer me contó que ese señor general... (general será como mi abuelo)... que ese señor Manco había entrado en casa pidiendo dinero; que había amenazado con fusilar hasta el gato si no se lo daban; que había roto las arcas, los cofres, y vaciado la lana de los colchones para buscarlo... Casiana le dijo que no tenía nada; pero él, busca que busca, dio con el calcetín... ¡Oh, ánimas benditas!... lo vació... contó el dinero...
Al llegar aquí el tío Garrapinillos, en cuya alma una extremada sensibilidad había sucedido al primitivo coraje, no pudo contener sus lágrimas; pero luego, conociendo sin duda que tales manifestaciones de un corazón lacerado no eran propias del caso, se las limpió como quien se quita telarañas del rostro, y ahuecando la voz hablo así: