—Señor general Juanillo Martín, yo le digo a tu vuecencia que le mato sin compasión como se mata a un perro, aunque sé que la tropa se echará sobre Garrapinillos para fusilarle, y Casiana se quedará viuda y mis siete hijos huérfanos... Pero le mato si no me da los 34 pesos, que son toda mi hacienda.

—Garrapinillos —dijo D. Juan Martín gravemente—, en campaña ocurren estas marimorenas, y tiene que haber mucho de esto que parece latrocinio y no es sino la ley nesorable de la guerra, como dijo el otro. Es preciso sacrificarse por la patria y dar cada uno su óbalo... Este pueblo dicen que agasaja al francés... Malo, malo... Pero en fin, tío Garrapinillos, de mi bolsillo particular te doy los 34 pesos.

Diciéndolo, el Empecinado echose mano a la faltriquera y sacó... una peseta.

—Yo creí que tenía más —dijo contrariado—. ¡Eh! Sr. Sardina, señor intendente del ejército...

Antes que esto fuera dicho, D. Vicente me había mandado que del cinto lleno de oro que por encargo suyo llevaba, sacase dos onzas. Hícelo así, y con dos duros que Sardina aprestó, completose la suma, que fue entregada a Garrapinillos.

—Gracias, Juan Martín —dijo este guardándose su metal—. Ya sabía yo que eras un caballero. Voy a hacer correr por el pueblo la voz de que tú devuelves lo robado, para que vengan el tío Pedro, el tío Somorjujo, la tía Nicolasa y D. Norberto, que entre todos lo menos han dado un óbalo de mil pesos, como podrá atestiguar la mano derecha del que duerme... Con Dios, señores. Saben que les quiere el tío Garrapinillos, que vive en la esquina de la calle de la Landre, para lo que gusten mandar... ¡Vivan mil años estos valientes generales, y viva Fernando VII!... Y tú, Juanillo, deja mandado, si es que te vas... ojalá no parezcáis más por aquí. Sabes que te quiero... Casiana siente no poder venir a besarte las manos... Está embarazada de ocho meses... Adiós... ¿Se marcha la tropa esta noche? Dios la lleve... Me voy a abrir la tienda a ver si se gana alguna cosa.

Salió Garrapinillos, y poco después Orejitas y otros jefes. El Empecinado mandó traer luces, y cuando las indecisas claridades de un velón iluminaron a medias la estancia, encendió un cigarro y dijo:

—Sr. Sardina, jefe de Estado Mayor general y también intendente de este Real ejército, vamos a recoger los fondos recaudados.

—Que me entreguen lo que se ha recogido en Calcena —repuso D. Vicente—, y yo diré lo que se puede enviar a la Junta y lo que ha de quedarse en la caja del ejército para sus necesidades. Araceli, tome usted la pluma y apunte en ese papel lo que yo le diga.

Nos quedamos solos el general en jefe, Don Vicente Sardina, dos oficiales que escribíamos, y Albuín, que seguía dormitando en la actitud antes descrita.