—¡Eh! Sr. Manco —dijo Juan Martín dejando caer la pesada mano sobre el hombro del durmiente—, despierte usted.

XI

Incorporose D. Saturnino, y después de restregarse perezosamente los párpados, vimos brillar sus ojos parduzcos, en cuya pupila reverberaba con punto verdoso la macilenta luz de la lámpara.

—Si yo llego a descuidarme y no tomo las primeras casas del pueblo —dijo el Manco—, los franceses hubieran... mosén Antón se metió por medio del batallón de ligeros, abrió en dos al comandante...

—A ver, venga ese dinero —dijo el Empecinado cortando la relación de la batalla.

—¿Qué dinero? —preguntó Albuín despertando completamente, pues hasta entonces lo había hecho a medias.

—El dinero que se ha recogido por buenas y por malas —dijo imperiosamente D. Juan.

Albuín se inmutó un poco y sus ojos se animaron con pasajero rayo. El observador, ilusionado por el aspecto de zorra de aquel singular rostro, hasta creía verle mover las orejas picudas y aguzar el negro y húmedo hociquillo.

—El capitán Recuenco tiene los fondos recaudados —repuso después de breve pausa, disponiéndose a tomar en un banco de los próximos a la pared posición más holgada para dormir.

—Que venga Recuenco.