Vino el capitán a quien se llamaba, hombre puntual y honrado, según advertí en varias ocasiones, el cual dijo:
—Tengo ochenta y tres pesos en distintas monedas. Esto me han entregado y esto entrego. Lo que se ha cogido en el saqueo los soldados lo tendrán, o mosén Antón y D. Saturnino.
El capitán Recuenco dejó sobre la mesa un bolsón con ochenta y tres pesos, que anoté en el cuaderno, y se retiró llevando el encargo de hacer comparecer a Trijueque. Presentose este de muy mal talante, y antes que el general le interpelara, expresose rudamente de esta manera:
—Ya sé para qué me quieres. Para pedirme dinero. Ya sabes que mosén Antón no lleva un cuarto sobre sí. Aquí están mis bolsillos, más limpios que la patena de la Santa Misa.
Y mostró vacías y al revés las dos mugrientas faltriqueras cosidas a sus calzones.
—Pero si es preciso —añadió— que todos contribuyamos a los regalos del Cuartel general, ahí va mi reloj, que es lo único que posee el pobre Trijueque.
Puso sobre la mesa una rodaja de plata que solía marcar la hora.
—Yo no quiero tu reloj, Trijueque —dijo D. Juan Martín devolviendo la cebolleta con enfado—. Maldito caraiter el de este clérigo. No dice una palabra sin soltar una coz. Quiero el dinero que se ha cogido en el saqueo. ¿Lo tienes o no?
—¿También quieren que Trijueque pase por ladrón?... —repuso el clérigo—. Bueno... ponlo en el oficio. Más pasó Jesucristo por nosotros. Yo no tengo dinero. ¿No sabes que cuando cobro alguna paga la doy a los soldados? ¿No sabes que no me para un ochavo en los bolsillos, porque en seguida lo doy al que me lo pide? ¿A qué vienen estas pamemas, Juan Martín?
—Sé que eres desprendido y liberal —dijo el Empecinado en el tono de quien se propone tener paciencia—. Me basta con que tú digas que no tienes nada. Estoy satisfecho. No te ofrezco dinero, porque no lo tomarías, Trijueque; pero esas botas necesitan medias suelas; necesitas un buen capote para abrigarte... Don Vicente, encárguese usted de que mosén Antón no vaya descalzo y desabrigado.