—Gracias —dijo el clérigo—. No soy hombre melindroso. Con lo que se gaste en mi persona puedes tú comprar pomadas para el pelo, plumas para el sombrero, y galoncillos para el uniforme. Mosén Antón Trijueque no necesita perifollos, y desprecia el dinero. Sabe ganarlo para los demás.
Retirose sin decir más, y el general, que ya iba a contestarle con cólera, se rascó con entrambas manos la cabeza, haciendo muecas que revelaban penosas indecisiones en su espíritu. Después nos dijo:
—Trijueque y yo hemos de reñir para siempre algún día... Vaya, apúntenme los ochenta y tres pesos... Mucho más ha de salir... Yo pongo mi mano en el fuego por mosén Antón. Revolverá el mundo por envidia, pero no se ensuciará las manos con un ochavo... ¡Eh, D. Saturnino de mil demonios, despierte usted!
Albuín, que sin duda fingía dormir, abrió los ojos.
—Prontito, venga ese dinero —le dijo el general sin mirarle.
—¡Ah! —exclamó el Manco en el tono de quien recuerda alguna cosa—. ¿El dinero? Ya. ¿No dije que tenía mil trescientos y pico de reales? Aquí los llevo.
Diciendo esto, puso sobre la mesa un paquete en que había monedas de distintas clases en plata y oro.
—Algo más será —dijo el Empecinado—. Sé que usted se apoderó de los fondos del Noveno y el Excusado, de los diezmos y de lo que el alcalde había recaudado para entregarlo a la Junta; y también oí que los frailes de la Merced se habían dejado quitar algunos miles.
—Si el general hace caso de lo que digan las malas lenguas del pueblo...
—Albuín, no quiero retólicas... Venga ese dinero y pongamos punto final —repuso Don Juan con energía.