—Dale con el dinero. ¡Se me deben diez y ocho pagas, diez y ocho pagas, y no tengo calzones!

—Poca conversación —añadió enfadándose por grados D. Juan Martín—. Ya hablaremos de las pagas. D. Saturnino, deme usted esa culebrilla que lleva a la cintura. Si no, nos veremos las caras. Esto no lo digo como general. Nos veremos de hombre a hombre... pues... de mí no se ríe usted. Así amanso yo a mi gente. Aquí no se fusila a nadie, ni se ponen castigos de ordenanza, Albuín: ya usted me conoce... Gomite usted el dinero. Acuérdese de aquella ocasión en que, no queriendo usted hacer lo que yo le mandaba, le di tal pezco que rodó por el suelo hecho un ovillo.

—Juan Martín —repuso el Manco poniéndose pálido—, siempre he obedecido y respetado a mi jefe; he servido a sus órdenes con entusiasmo, y le estimo y le quiero. Hoy mi jefe no tiene confianza en mí. Bueno: yo le digo a mi jefe que me mande fusilar al instante, porque no me da la gana de darle el dinero que me pide y que efectivamente tengo.

—¿Volvemos a la broma de mosén Antón? —dijo D. Juan Martín—. No me lo digan mucho, porque ya me van cargando los valentones; y aunque me quede sin héroes en la partida, haré un escarmiento.

—Pues yo digo que hasta aquí llegó la paciencia —afirmó Albuín poniéndose lívido y retando al general con la mirada—. No aguanto más: no doy dinero, ni sirvo más en la partida. Ea...

Levantose de su asiento D. Juan Martín como si una explosión le sacudiera, rompiendo el sillón, y volcando la mesa.

—¡Pues también se me acaba la paciencia! —exclamó con furia—. Usted aguantará, usted dará el dinero, y usted no saldrá de la partida.

—Veamos cómo ha de ser eso, no queriendo yo —dijo el Manco, poniéndose en actitud del carnívoro que espera el ataque de fiera más poderosa.

—¡Albuín, Albuín! —gritó con tremendo alarido D. Juan, dando tan fuerte patada, que piso, paredes, techo y todo el edificio se estremecieron—. Es la primera vez que un subalterno se revuelve contra mí de esa manera; y no lo pasaré, no lo pasaré.

El Manco entonces llevó la derecha mano precipitadamente al cinto, y exhaló un rugido de desesperación. No tenía sable. Se lo había quitado antes de comer, arrojándolo en un rincón.