—Le hace falta a usted un sable: ahí va el mío —dijo D. Juan Martín, arrojando el acero desnudo ante los pies del guerrillero—. Defiéndase usted, ¡voto al demonio! porque le voy a amarrar los brazos con esta cuerda para llevarle preso al sótano.
Estábamos todos los presentes mudos y aterrados, y no nos atrevíamos a intervenir en la dramática escena. Con presteza suma, D. Juan tomó una soga que cerca había, y se dirigió hacia su subalterno diciendo:
—Dese usted preso, señor deslenguado. ¡Recuerno! Estoy cansado de ser bueno.
El Manco, haciéndose atrás, exclamó:
—No necesito cuerda. Me dejaré matar antes que consentir que me aten como a un ladrón... ¿A dónde tengo que ir? ¿Al sótano? No me da la gana. Señor general —añadió recogiendo el arma del suelo—, tome usted su sable y atraviéseme con él, porque Albuín no se deja atar la mano que le queda... Iré preso; que me fusilen al instante, y entonces, si quieren mi dinero, lo recogerán de mi cadáver.
No pudo seguir, porque con una rapidez, una seguridad, una destreza extraordinaria, la mano poderosa de D. Juan Martín asió con el vigor de férrea tenaza la extremidad derecha del Manco, el cual, bruscamente cogido, forcejeó, se retorció, se doblegó, dio un terrible grito, agitando el impotente muñón de su extremidad izquierda.
—De rodillas —vociferó el general sacudiendo con su membrudo brazo aquel cuerpo de acero que se cimbreaba como una hoja toledana—. ¡De rodillas delante del Empecinado!
D. Saturnino, una vez presa la mano derecha, era hombre perdido, una espada sin punta, una culebra sin veneno. Su muñón hizo esfuerzos formidables; pero no pudo defenderle. Al fin, después de repetidos arqueos y dobleces, las agudas rodillas del héroe, cayendo con violencia, hicieron estremecer el suelo. Se oía un resoplido de animal vencido.
—Miserable, ladrón —exclamó el Empecinado con voz indecisa y ronca a causa del gran esfuerzo—. Ahora mismo me entregarás lo que te pido, o pereces a mis manos.
En el propio instante, observamos que la cabeza de D. Saturnino hizo vivísimo movimiento, y sus blancos dientes se clavaron en la mano potente que le sujetaba.