—¡Me muerde este perro! —exclamó Don Juan Martín con súbito dolor—. ¡Ah, miserable!
Forcejeó segunda vez el Manco, y pudiendo al fin desasirse, corrió de un salto a la inmediata ventana. Abriéndola, gritó hacia afuera:
—¡Soldados, muchachos, amigos... a mí, a mí!... ¡Socorro! Quieren asesinar a vuestro querido Manco... ¡Arriba todo el mundo!
Y dicho esto, volviose hacia adentro, y miró a su jefe y a todos con expresión de salvaje alegría.
D. Juan Martín, cuya mano sangraba, recogió su sable. Todos nos apercibimos, barruntando algo grave, porque D. Saturnino, además de ser muy querido de sus tropas, tenía una especie de guardia negra, compuesta de los más salvajes, feroces y bárbaros hombres de aquel ejército.
—Esto es una infamia —gritó Sardina—. Concitar a las tropas a la insubordinación.
Albuín seguía gritando:
—¡A mí, muchachos; subid pronto!
Oyose rumor muy imponente en la vecina escalera.
—Cerremos las puertas —dijo Sardina, disponiéndose a hacerlo—. Tiempo habrá de hacer entrar en razón a esa canalla.