—No —gritó con furia el general esgrimiendo el sable—. dejarles entrar.

No tardaron en aparecer los que eran la hez más abominable de la partida. Algunos hombres rudos, negros, sucios, de mirada aviesa y continente repulsivo, se presentaron en la puerta.

—¿Qué hay? —preguntó el general, mirándoles con terribles ojos—. ¿Qué buscáis aquí?

—Aquí estamos, Sr. Manco —dijo uno entrando resueltamente.

Aquel y los demás, que eran hasta veinte o veinticinco, dieron algunos pasos dentro de la sala.

—¡Atrás, atrás todo el mundo! —gritó resueltamente el Empecinado, adelantándose hacia ellos con la majestad del heroísmo.

—¿Dejaréis que asesinen a vuestro querido Manco? —exclamó en el hueco de la ventana la voz angustiosa de D. Saturnino.

—Mando que se retiren todos —repitió Don Juan Martín—, o no me queda uno vivo. Soy el general. ¡Al que me desobedezca, le tiendo aquí mismo!... Ea... den un paso si se atreven... que vengan más... Aquí espero... Que venga todo mi ejército a atropellar a su general... Aquí me tenéis, cobardes, bandidos... Venid... que venga más gente... Somos cuatro... Matadnos... pisad el cadáver de vuestro general.

Una voz horrible clamó en la escalera:

—¡Viva D. Saturnino el Manco!