Dos de los que habían entrado, adelantáronse lanzando votos y juramentos hacia Don Juan Martín. Pero este, con empuje vigoroso, descargó sobre la cabeza de uno de ellos tan fuerte sablazo, que se la abrió a cercén.
El soldado cayó al suelo muerto.
Arrojámonos los tres en auxilio del general, y esgrimimos los sables contra aquella infame canalla. Aunque acobardados y aterrados por la presencia, por la voz, por el heroísmo sublime de D. Juan Martín, trataron de defenderse, fiados en su gran número; pero no tardamos en hacer estrago en ellos. Dispararon algunos fusilazos, que por fortuna no nos hicieron otro daño que una herida leve recibida por mí, y otra que le cupo en suerte a Sardina; mas acometidos bravamente, huyeron por la escalera abajo.
D. Juan Martín bajó repartiendo sablazos a diestro y siniestro, y nosotros tras él. Otras tropas invadieron el edificio, y los mismos partidarios del Manco perdiéronse entre la multitud afecta al jefe.
—Crudo —exclamó este—, es preciso fusilar ahora mismo a toda esa canalla. Sardina, dé usted las órdenes necesarias. Quintarlos es mejor... Asegurarles bien... El Tuerto es el peor de todos... Esos tres, esos tres que se escabullen por ahí también subieron... Que no se escapen. Ponerles en fila... Yo los reconoceré... ¡Eh! Moscaverde... Al instante, es preciso castigar esta gran canallada.
La tropa gritó:
—¡Viva el Empecinado!
—Gracias, gracias —dijo el héroe—. Dejarse de vivas y portarse bien... Voy a hacer un escarmiento esta noche... Hace tiempo que lo estoy meditando, y en verdad es necesario... Ninguno se ríe de mí.
Subimos de nuevo. Ya en la Sala del Ayuntamiento había bastante gente, y D. Saturnino era custodiado por gente leal. El Empecinado, al encararse nuevamente con él, le dijo:
—Señor Manco, dispóngase usted para el requieternam. Aquí no hay más capellán que mosén Antón, y ese ya ha olvidado el oficio. Haga usted acto de contrición.