—Despachemos pronto —dijo el Manco esforzándose por aparecer sereno, pues aquel hombre, bravo cual ninguno en las batallas, carecía de valor moral.—. Despachemos pronto... Mande vuecencia formar el cuadro en la plaza... Pueden llevarme cuando quieran.
D. Vicente Sardina entró en la sala.
—Solo dos se han escapado —dijo—: les conozco bien. Ya están dadas las órdenes. Se quintarán.
—Sr. D. Vicente Sardina —añadió el Empecinado—, el Sr. Albuín no será arcabuceado por la espalda. Se le apuntará por el pecho, en atención a que ha sido el primer soldado de este ejército.
El generoso corazón de D. Juan Martín no dejaba de enaltecer las prendas militares de sus amigos, ni aun cuando hacía caer sobre ellos la pesada cuchilla de la ordenanza.
Oyose el ruido de una descarga. Reinó después lúgubre silencio en la sala, solo interrumpido por la voz de Sardina que dijo uno, y la de Albuín que, elevando sus manos al cielo, exclamó con dolorido acento:
—¡Adiós, amigos míos! ¡Adiós, valientes camaradas! Ya no venceremos a los franceses, ni vuestros generosos corazones volverán a palpitar con el entusiasmo de la batalla.
Después, echándose mano a la cintura, deslió la culebrilla de seda que en ella llevaba, y arrojándola en mitad de la sala, añadió:
—Ahí está el dinero, Sr. D. Juan Martín; ahí están los trescientos cochinos pesos que son causa de la carnicería que se está haciendo abajo con mis bravos leones. Desnudo y pobre entré en la partida, y pobre y desnudo salgo de ella para el otro mundo.
Oyose otra descarga, y D. Vicente dijo: