—Dos. Cayó otra buena pieza.

—Puesto que voy a morir —añadió D. Saturnino—, que no maten más gente. Yo fui causa de todo. Yo les mandé subir.

—A usted no le va ni le viene nada de esto —dijo D. Juan, no ya colérico, sino displicente—. Usted hará lo que yo disponga, y nada más.

Dicho esto, metiose las manos en los bolsillos, hundió la barba en el cuello del capote y se paseó de un rincón a otro.

—Vamos de una vez —dijo Albuín—. Estoy dispuesto a morir. ¡Al cuadro! El Manco no ha temido nunca la muerte.

Dio algunos pasos hacia la salida, seguido por los que le custodiaban.

—Alto ahí —gritó de súbito el Empecinado, golpeando el suelo, deteniéndose en su marcha y mirando a la víctima con rostro ceñudo—. ¿Quién le manda a usted bajar antes de que yo lo ordene?

—Cuanto más pronto mejor —repuso la víctima.

Oímos la tercera descarga de fusilería.

—¡Quieto todo el mundo! —repitió D. Juan—. Aquí nadie resuella sin que yo lo mande.