—¡Quiero que me fusilen! —exclamó Albuín con coraje, sacando a los ojos todo el odio de su corazón, lleno entonces de veneno.
—Y si a mí me diera la gana de indultarle a usted, vamos a ver —exclamó el general con furia, como si la muerte fuera la condescendencia, y el indulto la amenaza—. Vamos a ver: ¿si a mí me diera la gana de indultarle y mandar que le dieran cincuenta palos por la mordida, y luego cogerle por una oreja y ponerle al frente de su división, con pena de otros cincuenta garrotazos si no me tomaba a Borja, trayéndome acá prisionera media guarnición francesa...?
—A un hombre como yo no se le dan cincuenta palos —repuso el Manco—, ni se le tira de las orejas.
—Todo será que a mí se me antoje... ¿Qué tiene usted que decir? Ea, soltadle, y fuera de aquí todo el mundo. Sr. Sardina, mande usted que no se fusile a nadie más. Palos y más palos... es lo mejor.
Marcháronse los de tropa, y quedamos con D. Saturnino los cuatro que antes estábamos.
—Le perdono a usted la vida —declaró el general—. Puede ser que no me lo agradezca.
—No —repuso Albuín sin inmutarse—. No agradezco, porque parece generosidad y no lo es.
—¿Pues qué es, qué?
—Miedo —añadió el guerrillero gravemente—. A un hombre como yo no se le pone dentro de un cuadro. La tropa no lo consentiría... y si lo de antes salió mal, otra vez...
—Estoy por volverme atrás de lo dicho, y mandar que se forme el cuadro... Pero no: cuando el Empecinado perdona... D. Saturnino, márchese usted y haga lo que quiera. Si desea seguir a mis órdenes, deme una satisfacción enfrente del ejército. Si no...