—Raciones, señor alcalde; raciones para la tropa, que se muere de hambre.

—No hay nada, mi general —respondió bajando hasta el suelo el hierro de su instrumento agrícola y apoyándose majestuosamente en el cabo—. Ayer hicimos una cochura por orden de D. Juan Martín. Vino por la noche el pícaro francés, señor Tarugo, y se la llevó. ¡Bonito dejaron el pueblo, bonito! Siete doncellas de menos, y veinte cuerpos de más bajo la tierra... A mí me quitaron el cuero... un cuero de vino que tenía, quiero decir, y toda la miel... Se llevaron los pendientes de todas las muchachas de la villa, y allí está casi muerta Nicasia Moranchel, a quien arrancaron media oreja con la fuerza del tirón... Cargaron hasta con la lana que había en los telares, y al tío Sotillo, que tenía un sombrero de paja traído de las Indias por su sobrino, le dejaron con la cabeza desnuda. El sombrero, con el palmito que había en el balcón de mi casa desde el domingo de Ramos, se lo dieron a comer a los caballos.

—Siempre habrá quedado algo para nosotros, señá Romualda —dijo mi compañero—, aunque sea otro sombrerito de paja.

—Ni un sacramento, señores. Me falta decirles que esta madrugada los franceses salían por un lado, y la partida de Orejitas entraba por otro. Hubo algunos tiros... pin, pum... los franceses mataron algunos paisanos, y los de la partida pusieron en aquel árbol el racimo que desde aquí se ve... Orejitas pidió raciones... no había... yo me enfadé con Orejitas... Orejitas me amenazó... yo le di dos palos a Orejitas, que al fin hizo saquear el pueblo, llevándose lo poco que quedaba.

—Luego quedaba algo. Ahora también quedará... Pero vamos a cuentas. ¿Usted es la autoridad en esta insigne villa?

—Sí, mi general —contestó ella contrariada porque se pusiese en duda la autenticidad de sus atribuciones concejiles—. Yo soy el alcalde, o mejor dicho, la alcaldesa, porque soy mujer.

—Ya nos lo figurábamos.

—Mi señor marido, que es D. Antonio Sacecorbos, ha ido con D. Juan Martín a la conquista de Calatayud. Allí están todos los hombres del pueblo.

—Pues señora de Sacecorbos, nosotros no arrancaremos las orejas ni la doncellez a las muchachas de este pueblo; pero tomaremos todo lo que caiga bajo la jurisdicción del estómago, sin más dimes ni diretes.

Señá Romualdita gritó y vociferó; mas nada valieron las amenazas y protestas de la caterva mujeril. El pueblo fue saqueado por tercera vez en un solo día, y aún se encontró algo: aún se encontró una pequeña cochura que la alcaldesa había preparado aquella tarde para la partida de Sardina. Ignoro si cometieron los soldados algún desafuero en cosas comprendidas dentro de jurisdicción distinta de la del estómago. No lo aseguro ni tampoco lo niego, y envolviéndome, como suele decirse, en el manto de mi irresponsabilidad, dejo a la Historia y a la señora de Sacecorbos el cuidado de averiguarlo. Pocos días después nos unimos a la partida de D. Vicente Sardina, subalterno del Empecinado. He aquí cómo: