Dormíamos en Val de Rebollo, cuando nuestros centinelas avisaron la aproximación de gente armada. El recelo de que fuesen los franceses se disipó bien pronto, porque las avanzadas de la partida gritaban y cantaban a lo lejos, y la gente del pueblo que, aun antes que nuestros escuchas, había olfateado carne española, salió ruidosamente a su encuentro. Pronto vimos desfilar por la única calle del lugar, sin formación, orden ni concierto, un pequeño ejército compuesto de infantes y jinetes, armados los unos de trabuco, de escopeta los otros, cada cual vestido según su calidad, gusto o hacienda, casi todos con un pañizuelo puesto en la cabeza por único tocado, el ceñidor en la cintura, la manta puesta al hombro, y la alpargata en el infatigable pie. Veíanse, sin embargo, en algunas cabezas sombreros, chacós, cascos de franceses, y algún descolorido y rancio uniforme español en el cuerpo de otros.

Iban llegando y se acomodaban en las casas, escogiendo cada cual la que mejor le parecía, sin ceremonia ni cumplidos, y fraternizando al punto con la tropa, aunque sin dejar de mostrarnos cierto desdén, como si fuéramos unos desdichados incapaces de intentar la conquista de Calatayud. Los habitantes de Val de Rebollo ofrecían a unos y otros la poca hacienda que les quedaba, y en un instante las llamas de los hogares, lamiendo las repletas panzas de ollas y peroles, iluminaron las habitaciones, despidiendo por puertas y ventanas tanta claridad, que el lugar, alegrado al mismo tiempo por las voces, gritos y cantorrios, parecía celebrar una fiesta.

El jefe de la partida, D. Vicente Sardina, se alojó en la misma casa donde yo estaba. Era un hombre enteramente contrario a la idea que hacía formar de él su apellido; es decir, voluminoso, no menos pesado que un toro, bien parecido, con algo de expresión episcopal o canonjil en su mofletudo semblante, muy risueño, charlatán, bromista y franco hasta lo sumo. Cuando mis compañeros y yo nos presentamos a él, diciéndole que mandábamos la fuerza destinada por O’Donnell a engrosar las filas del Empecinado, nos miró con aquella expresión de generosidad propia del hombre dispuesto a proteger al prójimo desvalido, y nos dijo:

—Bueno: veremos cómo se portan ustedes... Creo que aprenderán el oficio en poco tiempo... Parecen buenos muchachos; pero tiernecitos, tiernecitos todavía. Ea, fuera miedo: ya se irán haciendo al fuego y se les quitará esa cortedad...

—Mi coronel —repuse—, no somos nuevos en la guerra; pues de nosotros el que más y el que menos ya ha despachado catorce batallas, diez sitios y más de cincuenta encuentros menores.

—¿Batallitas, eh? —dijo riendo con pueril candidez—. Y mandadas por generales de entorchado... Me parece que las veo... Mucha escritura, parte acá, parte allá, oficios en papel amarillo con sello, y mucho de Excelentísimo señor, participo a vuecencia que habiéndose presentado el enemigo... Farsa, pura farsa. En fin, señores, ustedes aprenderán a hacer la guerra, porque no les falta entendimiento ni voluntad... Ahora, ayúdenme a despachar esta pierna de carnero, y lo que contiene este bendito zaque.

II

Sin que nos lo rogara dos veces, nos apresuramos a participar de la cena. Olvidaba decir que a la derecha de Sardina estaba, animado también de propósitos hostiles contra la pierna de carnero, el segundo jefe de la partida, un hombre altísimo, descarnado y morenote, con barba entrecana, pelo corto, ojos fieros, cejas pobladísimas y unas manos tan largas como velludas, que velozmente pasaban del plato a la boca. Era mosén Antón Trijueque, cura aragonés, que había tomado las armas desde el principio de la guerra, y servía en las filas de Sardina, no como capellán, sino como... jefe de la caballería.

—A fe, mosén Antón —dijo Sardina empinando el vaso—, que no creí pasar esta noche más allá de Almadrones. ¿Cree usted que encontraremos el destacamento de Gui siguiendo la vuelta de Brihuega?

—Me parece que no se nos escapan mañana —repuso el cura dando muestras de excelente apetito.