—¿Cuántos hombres se llevó consigo?

—Al pie de cuatrocientos.

—Oí decir que los franceses le han dado cuatro talegas en pago de su traición. También aseguran que le ofrecieron hacerle Marqués y Capitán general...

—No hay que hacer caso de las habladurías de esta gente de los pueblos. Un hombre tan de bien como Albuín no toma resolución de esa naturaleza sin motivo para ello.

Decían esto los dos jefes, sentados a la puerta de un ventorrillo. En los intervalos de su diálogo oíase el ruido de los dientes del caballo de mosén Antón, los cuales, a espaldas de este, molían pausadamente la cebada, metiendo el hocico negro y huesoso dentro de un saco.

—Come bien, leal amigo —dijo Trijueque volviéndose hacia su cabalgadura—, que la jornada será larga.

—¿A dónde va usted? —le preguntó con viveza Orejitas.

—Ya lo he dicho —repuso el cura guerrillero acariciando el cuello del gigantesco animal—. Sé que el general Gui ha pasado por Torre Sabiñán, y no quiero que me quede la comezoncilla de no darle un buen golpe.

—El general Gui trae mucha gente —repuso Orejitas, bebiendo por octava vez, pues era uno de los principales empinadores de codo que había en la partida—, y con la fuerza que tenemos usted y yo juntos no es locura pensar en salirle al encuentro. Si bajamos de la sierra al llano y acertamos a topar con los mosiures, pienso que no quedaremos ninguno para contarlo.

—Sr. Orejitas —dijo Trijueque bebiendo también, aunque en menos dosis que su colega—, usted hará lo que mejor le convenga y lo que su miedo le dicte... Yo voy en busca de Gui.... Le estoy viendo debajo del filo de mi sable.