—Y yo —añadió Orejitas— estoy viendo al gran Trijueque bajo las herraduras de los caballos de un escuadrón polaco. Vámonos a donde nos mandan y no comprometamos la partida.

—Bien se conoce que ese corazón amadamado —dijo el cura— no simpatiza con el peligro, ni padece lo que yo llamo enfermedad de la gloria: una palpitación dolorosa, una angustia sublime acompañada de cierta fiebre... Cuando se tiene esta enfermedad, la victoria está cerca, Orejitas. Y para acabar —añadió levantándose—, ¿viene usted o no viene?

—Yo no —contestó el otro guerrillero, dando fin al contenido del jarro—. Temo que Juan Martín me riña por no obedecerle.

—¡Ah, corazones de alcorza —exclamó Trijueque golpeando el suelo con el sable—, que se asustan cuando arquea las cejas y se rasca el cogote Juan Martín! ¿No conoce usted que si hiciéramos lo que nos manda ese pobre hombre, ya estaría la partida disuelta y todos nosotros ensartados en cuerdas de presos, como cuentas de rosario, para marchar a Francia? Sr. Orejitas, tengamos iniciativa; ganemos batallas contra la voluntad de nuestro general; proporcionémosle los grados y las vanidades que tanto ama, y no nos reñirá... No dudo que habrá en la partida muchos valientes que pudieran seguirme. A ver, Araceli, ¿se decide usted a hacer la hombrada?

—Yo no me separo de mi jefe, el Sr. Orejitas —repuse.

—Este es un bravo mozo —me dijo el jefe, golpeándome el hombro—. ¡Lástima que no hubiera cogido tres cuartillas en vez de dos en la bodega del alcalde de Cabrera!

—Les dejo a ustedes entregados al vino —dijo mosén Antón— y me voy. Que haga buen provecho la mona.

Luego, mientras Orejitas se internó en la próxima cuadra para ver su caballo, llevome aparte el insigne clérigo, y me dijo lo que sigue:

—Sr. Araceli, usted no puede hacer buenas migas con ese bárbaro y borracho de Orejitas, arriero y mozo de mulas en junio de 1808, y que ha hecho fortuna en la partida, gracias a la cerrazón de su mollera. Es el perro de presa de Juan Martín. Usted vendrá conmigo: tengo necesidad de un oficial de ejército entendido y valiente para esta operación que tengo en el majín.

El gigante hacía todo lo posible para que la contracción de su rostro y despliegue de su boca se pareciese a una sonrisa de benevolencia. Estratégico incomparable en los valles y sierras, Trijueque era completamente inexperto en la táctica del humano corazón, y los recursos de su facultad seductora adolecían de brusca torpeza.