—Según y cómo —le respondí, fingiendo acceder, con objeto de que me descubriera mejor sus mal ocultos pensamientos—. Para desobedecer a mis jefes y marchar con usted a donde quiera llevarme... entiéndase bien, a donde quiera llevarme, necesito promesa manifiesta de que me ha de resultar algún provecho. No están los tiempos para sacrificar por boberías una buena reputación.

El ogro, fácilmente engañado, como todos los ogros que hacen algún papel en los cuentos de niños, no supo disimular su repentino contento, y mostrando sin embozo su apasionado corazón, respondiome:

—Ya sé que es usted también de los descontentos. Un oficial de tanto mérito debiera estar mandando una columna. Juan Martín habla bien de usted; pero es para embaucarle, me consta que es para embaucarle. Puede usted tener la seguridad de que, aunque la guerra dure treinta años más, no saldrá de ese ten con ten. Aquí no se aprecia el mérito. Con tal que nuestro general tenga batallas ganadas por mí, que le sirvan de asunto para poner oficios a la Regencia, haciéndose pasar por un Julio César o un Pompeyo... En fin, venga usted con Trijueque y no le pesará.

Al decir esto, apoyaba su mano en mi hombro, y me hacía tambalear hacia adelante y hacia atrás. Mirándome con interés, sonreía.

—Yo soy gran admirador de Trijueque —le dije—; hago justicia a sus altas prendas, y me río de las inculpaciones con que quieren desacreditarle.

—Bien dicho, muy bien dicho —exclamó en tono de predicador.

—Estoy pronto a partir con usted; pero ¿a dónde vamos, señor cura? Porque si es cosa de salir por ahí a disparar unos cuantos tiros, matar dos docenas de franceses, y coger otras tantas de prisioneros, yo no me muevo. ¡Hemos hecho lo mismo tantas veces! Ya estoy harto de ver que con proezas no se saca aquí el vientre de mal año. Sepamos lo que voy ganando, como dijo el gallego del cuento.

Trijueque llevose el dedo a la boca y su rostro expresó satisfacción y victoria. Viendo que se acercaban algunos individuos, íntimos amigos de Orejitas, me dijo:

—Parto al instante con mi gente. Por este barranco que se ve a espaldas de la venta, pienso pasar al valle de Pelegrina. ¿Ve usted aquella casa arruinada que hay abajo? Allí le espero; allí le diré a dónde vamos, sin peligro de infundir sospechas a estos borrachos. Si me sigue usted, me sigue, y si no... Adiós.

Fuese mosén Antón, y yo busqué a Orejitas; mas el guerrillero, sintiéndose en la cuadra acometido de gran sopor, por efecto sin duda de no ser agua cristalina el contenido del jarro que yo llené en la bodega del alcalde, echose sobre un montón de paja, donde sus ronquidos se acordaban musicalmente con el respirar de los caballos y el mugido de un par de becerros flacos y medio enfermos. Procuré traerle al mundo con algunos puntapiés; mas no quiso salir de la beatífica esfera en que, sin duda con gran fruición, revoloteaba su espíritu.