Al salir para ver partir a Trijueque, y pasando por cierto edificio ruinoso que había al fin del caserío, sentí la algarabía de una riña, y oí claramente la voz de la señá Damiana en concierto chillón con las de los tres famosos estudiantes. Es el caso que el llamado Cid Campeador dio en aporrear a la Fernández por suponer en aquella Ximena veleidades en favor de D. Pelayo. Defendiose de palabra la acusada; mas percatándose después de que todo el zipizape provenía de chismes y enredos, obra del ingenioso intellectus de aquella lumbrera complutense, nombrada el Sr. Viriato, la emprendió con este, adjudicándole varias patadas, o sean coces, y puñadas y rasguños, una parte de los cuales fueron a caer de rechazo sobre la respetable persona del Sr. Santurrias, que se ocupaba en dar al Empecinadillo cucharada tras cucharada de sopas. Dos de los estudiantes partieron a escape, dejando que la contienda acabase con sus consecuencias naturales, cuando Dios se fuese servido ponerle fin, y Viriato y la guerrillera y Santurrias quedaron enzarzados con el engaste de las uñas y de las manos, hasta que los separamos, recogiendo del suelo al Empecinadillo, que por poco perece en aquel trance.

La Damiana, que ya tenía medio ahogado al estudiante, cuando fue separada del grupo, vociferó de esta manera:

—El muy canalla piojoso me llamó mujer de Putifarra... El Putifarro será él... Señor oficial —añadió dirigiéndose a mí—, este Viriato es un traidor y quiso seducirme.

—Tan gran delito no puede quedar sin castigo. ¿Qué marca la Ordenanza contra los Viriatos que quieren seducir a las Damianas?

—Eso quisieras tú, Euménide, arpía de seis colas, marimacho de mil demonios —dijo el de Alcalá, poniendo el dedo sobre las distintas heridas de su cuerpo para tantear la gravedad de ellas.

—Sí, señor: me quería seducir, para que me pasara con ellos al francés.

—Calla, bruja, sargentona, o te estrangulo —gritó Viriato—. Aquí está Santurrias que puede decir si soy traidor o no.

—Sí, sí, sí —gritó la guerrillera en medio del camino agitando los brazos con una furia loca—. Estos endinos son traidores como Don Saturnino, y se pasan a los franceses. Allá va, allá va —añadió señalando al barranco—, ¡allá va mosén Antón que se pasa a los franceses con sus amigos!

Mosén Antón, seguido de su tropa, desfilaba tranquilamente por detrás de la venta, bajando al barranco.

—¡Allá van, allá van! —añadió Damiana con exaltación salvaje—. ¡Fuego en ellos, fuego en los traidores! ¡Sr. Orejitas, que se han vendido al francés!