—Repara bien lo que dices, Damiana.

—Sé lo que digo —exclamó atrayendo en torno suyo mucha gente—. Anoche han estado hablando de esto más de tres horas. ¿Creyeron que yo lo iba a callar? ¡Ah, tunante Cid Campeador, me las pagarás todas juntas!

Mosén Antón se alejó más a prisa, y entre la tropa que se quedó en el caserío corrió de boca en boca este rumor terrible:

—¡Mosén Antón se pasa a los franceses!

Reinó gran agitación; oyéronse gritos, amenazas, juramentos. Algunos corrieron a tomar las armas; pero Trijueque se alejaba, se perdía en la profundidad del barranco, y parte de su gente aparecía ya en la vertiente opuesta, internándose en la espesura de un monte.

—No crean a esta Lais bachillera, a esta loca Aspasia, a esta Samaritana sin vergüenza —exclamó Viriato—. ¿Quién hace caso de una mujer? Si le dieran cuatro tiros, como merece, no diría que mosén Antón Trijueque es traidor.

—¡Sí lo digo! —prosiguió Damiana gritando con voz ronca en medio del camino—. Es traidor, y se va con D. Saturnino. Lo digo cien veces, porque lo sé, y el Sr. D. Pelayo andaba contratando gente para esta picardía. ¡Yo soy muy patriota, yo soy muy española, yo soy muy empecinada, y viva Fernando VII! ¡Viva D. Juan Martín! ¡Viva Orejitas!

Estos vivas fueron repetidos con calor, y su estruendo fue tan grande, que llegó hasta el mismo espíritu de Orejitas por el conducto de los aletargados sentidos. Levantose del lecho de paja, y enterándose de lo ocurrido y de la voz general, y de la acusación formidable contra su colega, dijo:

—No puede ser. Sigamos nuestro camino, y le contaremos esto a D. Juan Martín.

Minora canamus.