—No me vengan acá con embustes. Eso no puede ser. Mosén Antón tiene sus defectos; es capaz de abrasarme las entrañas con sus majaderías; pero antes me creeré a mí mismo traidor que suponerle vendido a los franceses... Por vida de... ¿Ustedes han pensado bien lo que dicen? ¡Pasarse Trijueque al enemigo!...
—Pronto hemos de salir de dudas —dijo Sardina, que no participaba del optimismo de su jefe y amigo—. Un hombre envidioso es capaz de todo. Yo tenía a Trijueque por persona díscola; pero con un fondo de rectitud superior a traiciones, dobleces y alevosías, como las de D. Saturnino. Sin embargo, tengo comezón por saber...
—Y yo —repitió D. Juan con ademán sombrío.
Dicho esto, el héroe quedó profundamente pensativo. Estaba inmóvil junto a la ventana de su alojamiento delante de un espejillo, y dispuesto a afeitarse, tenía en la mano derecha la navaja y cubierta de jabón la barba. Nosotros callábamos viendo su melancolía. Por fin, dando un suspiro, alzó el brazo como quien se va a degollar, y a toda prisa se rasuró con movimientos tan inseguros y nerviosos, que su curtida piel quedó adornada con algunas cortaduras. Luego, volviéndose a Sardina, le dijo:
—¿Le parece a usted que salgamos esta noche en busca de esa canalla?
D. Vicente miraba el paisaje exterior al través de los turbios cristales verdosos.
—Mala noche nos espera. La nieve cae con gana, y los senderos están cubiertos y desfigurados. ¿No vale más que esperemos a mañana?
—De esta, amigo D. Vicente —exclamó con ira el general—, o me dejo matar por ellos, o cazo a los renegados en alguna parte. El pellejo de Albuín y de Trijueque me parecerán poco para componer los tambores rotos. Hay que ir tras ellos... hay que cazarlos con perros, y abrirles luego en canal para sacarles las entrañas... ¡Malditos sean! Un lobo de estos montes es más leal que los canallas que se pasan al enemigo... ¡Dios mío, he vivido para ver esto!... ¿De qué me valen la fama, la buena suerte, el buen nombre, si los amigos me hacen traición y los que favorecí me venden?... En marcha ahora mismo, Sr. Sardina... en marcha.
—¿Pero a dónde vamos? —preguntó con turbación el segundo jefe.
—¡Al demonio!... —repuso con exaltación D. Juan—. ¿También usted se me encabrita? ¿Pues no dice que a dónde vamos? En busca de esos granujas... ¿Necesito decirlo otra vez? Si usted lo quiere, ladraré.