—¿Usted sabe dónde les encontraremos? ¿Usted sabe que están solos, y no acompañados con fuerzas considerables del francés?
—Aunque esté con ellos el mismo Napoleón con un millón de hombres... —añadió en el colmo de su rabia el guerrillero—. ¡Si quiero que me maten a mí...! Pues qué, ¿no me explico bien?... Si quiero que me maten esos condenados... ¡Si quiero morir!...
—En marcha —dijo Sardina—. Aprovechemos lo que resta de día para salir de la sierra.
—Quiero morir o cogerles para atarles una cuerda a la cintura y pasearles delante del ejército... ¡España está deshonrada! ¡Juan Martín está deshonrado! ¿Hay más traidores en mi ejército? ¿Hay alguno más? Pues que venga acá... quiero ver a uno delante de mí.
Sus brazos se agarrotaban, contraíanse sus dedos, estrangulando en el vacío imaginarias víctimas, y la mirada del héroe, extraviada y salvaje, parecía querer herir con su rayo todo aquello en que se fijaba.
Por lo que he referido se ve que el Empecinado no permitió ningún descanso a los que acabábamos de llegar. Calientes aún las sillas de las cabalgaduras, volvimos a montar en ellas y la partida se puso en marcha. El tiempo era tan malo, que la tarde parecía noche, y la noche, que vino poco después de nuestra salida, horrenda y desesperante eternidad. El suelo estaba cubierto de nieve, en cuya floja masa se hundían hasta las rodillas hombres y caballos; habían desaparecido los caminos bajo el espeso sudario blanco, y los cerros vecinos parecían una cosa destinada a la muerte, una inmensa losa sepulcral, un monumento cinerario, bajo cuya glacial pesadumbre se escondía el alma de la Naturaleza buscando el calor en las entrañas de la tierra. El cielo no era cielo, sino un techo blanco. Alumbraba el paisaje esa fría claridad de la nieve, la luz helada como el agua, semejante al fúnebre reflejo de tristes lámparas lejanas.
Malo el camino de por sí, era detestable por ser invisible, y los caballos resbalaban al borde de los precipicios. Los jinetes bajábamos de nuestras cabalgaduras para vencer andando el frío. La partida iba silenciosa y resignada. Mirando de lejos la vanguardia que se escurría despacio buscando el incierto sendero, parecía una culebra negra que resbalaba inquieta y azorada tras el calor de su agujero. No he visto noche más triste ni ejército más meditabundo. Nadie hablaba. El tenue chasquido de la nieve polvorosa al hundirse bajo las plantas de tanta gente, era el único rumor que marcaba el paso de aquellos mil hombres abatidos por fúnebre presentimiento.
Junto a D. Juan Martín reinaba el mismo silencio. Con la barba hundida en el cuello del capote, el héroe había abandonado las riendas de su corcel, que marchaba, como animal práctico e inteligente, cuidando de poner en sólido la herradura y tanteando cuidadosamente el terreno.
En Mirabueno, a donde llegamos por la mañana, supimos que los renegados (pues desde luego recibieron este nombre) estaban con el general Gui hacia Rebollar de Sigüenza. Reanimose con la noticia D. Juan Martín, y a eso del mediodía, después que descansamos y comimos lo que se encontró, la partida se puso de nuevo en marcha.
—Esta noche —me dijo el general— les encontraré en un lado o en otro, y me cazan o les cazo. Prepare todo el mundo el pellejo para la más gorda hazaña de nuestra historia... ¡Maldita sea nuestra historia! Señores, mi alma es hoy un volcán. O echa fuera el fuego que tiene dentro, o revienta... ¡Pasarse al francés, pasarse al enemigo!... Ni por miedo a las penas del infierno, por toda la eternidad, lo haría yo... A ver: ¿hay alguno más en mi ejército que quiera hacer traición?... Que me lo traigan... quiero verlo... pónganmelo delante... deseo ver la cara del demonio... Adelante, pues... ¿Están en Rebollar de Sigüenza? ¿Cuántos son? ¿Quinientos mil? No importa... Si no quieren ustedes seguirme, iré yo solo.