Nadie le contestó. La frialdad de la temperatura reinaba también en el ejército. Allí no había más volcán que el pecho de D. Juan Martín.

Entrada ya la noche, el ejército se detuvo. Estábamos en una vasta e irregular planicie. A nuestra derecha se elevaban altos cerros; a nuestra izquierda el terreno descendía bruscamente en rápido y vertiginoso declive, hasta terminar en un barranco, cuya profundidad no podía distinguirse. Parecía la noche más obscura, más tenebrosa y siniestra que la anterior. Una lluvia menuda y glacial, nieve fina o agua congelada en invisibles puntas de aguja, nos azotaba el rostro. El frío era horroroso y temblábamos bajo los capotes, sintiendo imposibilitados los dedos para empuñar las armas.

Un soldado se acercó al general diciendo:

—Por aquellos cerros de la izquierda baja alguna gente. Han disparado un tiro.

—No puede ser —dijo Sardina—. Estáis viendo visiones. No hay nadie capaz de apostarse en aquellos empinados cerros a estas horas, con este frío, y no sabiendo fijamente que pasaríamos por aquí.

—Sí hay alguien capaz de eso y de más —dijo D. Juan Martín con arrebato—. Allí está mosén Antón... lo veo... solo mosén Antón es capaz de quitarles su puesto a los cernícalos para acechar la carne que pasa.

—¡Que viene gente! —dijo otra voz.

—¿Son españoles o franceses?

—¡Españoles!

—A ellos —gritó D. Juan Martín—. Esperemos a esos cobardes. Esta planicie es buena... desplegad la caballería... Lo malo es este barranco de la derecha... Pero no hay cuidado... aquí estoy yo.