Avanzamos, y nuestra vanguardia rompió el fuego.

—¡Ahí están, ahí están! —exclamó exaltado y con júbilo el general—. Conozco a Trijueque... es él... Enriscarse en esa altura para sorprendernos... Eso no puede hacerlo más que el diablo o Trijueque... No bajarán: tienen que venir rodando o volando... Ánimo... que no haya confusión... Dejar sola a la vanguardia... Prepárense los caballos en el llano... Toda la demás gente a retaguardia... no se necesitará... Es Trijueque, no me queda duda. Yo le he enseñado estas hazañas... le veo rodando entre las piedras por la montaña abajo, y el aire que hacen sus alas negras me llega a azotar la cara... No puede ser otro. Sus cuatro patas, al bajar, se llevan por delante medio monte... Es el bravo animal, la bestia traidora más valiente que cien leones, y con una cabeza que no cabe dentro del mundo. ¡Adelante, muchachos! Hay que cazar esa fiera que se nos ha escapado, y volverla a la jaula.

Efectivamente: una partida de españoles nos quería cortar el paso; pero no sabíamos si era mandada por Albuín o Trijueque. Al principio permanecieron en la altura haciendo fuego: los nuestros quisieron escalarla, mas en vano. Un segundo esfuerzo sirvió para que los empecinados dominasen una parte del terreno enemigo; pero este era tan favorable, que tuvieron que abandonarlo. En la llanura no podíamos temerles, y siendo nuestro objeto pasar adelante, el general dispuso que algunas fuerzas contuvieran a los renegados, mientras el resto del ejército pasaba de largo. Pero nos equivocamos respecto al número de los enemigos y respecto a su intención de no bajar a la llanura. Bajaron, sí, de improviso y con tal empuje, que lograron por un momento desconcertar nuestras filas, arrojando sobre la nieve muchos cuerpos heridos o muertos.

—Aquí los quiero ver —exclamó D. Juan Martín abalanzándose al frente de su tropa escogida—. Aquí los quiero ver... Que bajen, que vengan acá.

El impetuoso caballo del general lanzose sobre la infantería enemiga entre un diluvio de balas, y corrimos ciegos tras él los demás, acuchillando y aplastando con furia salvaje. Zumbaban las balas en nuestros oídos, y las bayonetas buscaban el pecho de los fogosos corceles. La embestida no careció de confusión; pero fue tremenda y eficaz, porque deshicimos a los renegados que habían bajado de la montaña.

El caballo de D. Juan Martín cayó gravemente herido. Al punto ofrecí al general el mío, quedándome a pie. En tanto, los renegados se retiraban a toda prisa a la altura, donde era difícil seguirles.

—Estamos haciendo el papel que han hecho siempre los franceses en esta clase de guerra —dijo el Empecinado con rabia—, y ellos están haciendo el mío... Cría cuervos... ¿Qué gente hemos perdido? Poca cosa. Adelante... ¿Dónde están los carros? Recoger los muertos... digo, los heridos.

XV

Cuando esto decía, oyose de repente vivo fuego de fusilería. No sonaba, no, en la eminencia que servía de fortaleza a los renegados: sonaba delante de nosotros, allá por donde se extendía el camino que pensábamos seguir. Hubo un momento de angustiosa perplejidad. Miramos, y nada vimos: las sombras de la noche ocultaban el cercano peligro. De repente, en el ejército, mil voces clamaron:

—¡Los franceses, los franceses!