—Cuando os hayan arcabuceado, recogeré a vuestro niño y me lo llevaré conmigo... Es muy lindo y muy galán...

No le respondí nada.

—Hacéis bien en traer vuestro niño a la guerra. Así os distraéis con él... Lo dicho: cuando os despachen, me quedaré con esta alhaja y le llevaré conmigo a todas partes. No le faltará nada y le enseñaré a que me llame papá.

Al decir esto, noté súbita alteración en las rudas facciones del soldado. Hizo algunos visajes como luchando con una inoportuna sensibilidad; mas no pudiendo vencerla, le vi que con disimulo se llevaba la mano a los ojos para limpiarse una lágrima.

—¿Llora usted? —le dije.

—¡No... yo llorar! —exclamó ahuecando la voz—. Nada de eso... Es que... Os diré la verdad. Este muñeco me recuerda a mi pequeño Claudio, a quien dejé en mi pueblo. Yo soy de Arnay-le-Duc, en Borgoña. Mi niño tiene ahora dos años y medio, y debe de estar lo mismo que este.

—¿Es usted casado?

—Sí —respondió cogiendo al Empecinadillo en una de sus rápidas vueltas y besándole con brutal cariño—. Soy casado; pero en la última conscripción, el Emperador echó mano a los casados. Es un dolor, una picardía, ¿no es verdad? Ahora que nadie nos oye... ¡Separarle a uno de su mujer y de su hijo para traerle a esta maldita guerra de España, que no se acaba nunca!... Mi pequeño Claudio no se aparta de mi memoria.

En aquel caso sí podía decirse que el chico era comido a besos. El francés oprimía de tal modo la cabecita y el cuerpo de mi camarada, que este lloró.

—No llores, mi amor —le dijo—. Hagamos el ejercicio... tum, turum, tum... ¡Marchen! ¡Armas al hombro!