Alargome un pan; y como yo no hiciera movimiento alguno para tomarlo, él mismo cortó un pedazo para darlo al pequeño.
—Que vais a ser arcabuceado por traidor —repitió alzando la voz y cuadrándose ante mí—. Si cuando os cogieron prisionero os hubierais contentado con vuestra suerte... Pero asesinasteis al sargento Duclós...
Miré entonces fijamente al francés. Era un toro, un pedazo de hombre capaz de derribar una pared a puñetazos. Su rostro sanguíneo se adornaba con una pomposa barba rubia que le salía desde los encendidos pómulos, y aun la nariz atomatada no estaba exenta de pelo. El conjunto de su imponente persona era un buen modelo de las históricas figuras con que la escultura oficial ha adornado los trofeos del Imperio. Usaba la enorme gorra peluda, y su corpachón se cubría casi totalmente con el delantal de cuero blanco, distintivo de los gastadores.
Contrariado sin duda por mi laconismo, alzó la voz, y coléricamente repitió:
—¡Arcabuceado!... Sí, señor... ¿Lo oís bien? Vuestro camarada, que está en el cuarto próximo, lo sabe también y se ha puesto a rezar. ¿No rezáis vos? Conviene limpiar de tunantes este país... Es la opinión del Emperador y la mía.
Mientras se expresaba de este modo, advertí que sus miradas, más que a mí, se dirigían al Empecinadillo, ocupado en devorar un pedazo de pan.
—¡Pobre niño! —dijo el francés con lástima—. Esta madrugada, cuando os trajeron aquí, el pequeño estaba muy frío. Le pusisteis en el suelo... ¡Qué inhumano sois! ¿No temíais que se helara? Mientras dormíais yo le arropé junto a vos, y además le cubrí con ese pedazo de manta que veis.
Estas palabras me hicieron fijar la atención en mi carcelero con algún interés.
—Suponiendo que tendría hambre, os he servido el desayuno temprano, y además le he traído esto.
El francés, metiendo la mano bajo el mandil de cuero, sacó un pequeño roscón de mazapán que presentó al Empecinadillo, el cual, una vez recobrada su actividad y travesura con la pitanza, sintiendo en su espíritu el generoso impulso de los grandes hechos, se lanzó al centro de la pieza sable en mano, ejecutando algunas maniobras militares. No era corto de genio, y más se entusiasmaba cuanto más le aplaudían. El francés le miraba con admiración y ternura, siguiéndole en sus inquietos giros y vueltas; se sonrió, y luego, volviendo hacia mí sus ojazos alegres y su boca risueña, me dijo estas palabras: