—¡Compañeros, a mí!... Despachemos a estos cobardes.

Y asestó tal puñalada al sargento, que le dejó seco. Íbamos a secundar su movimiento; pero acudiendo otros, nos ataron despiadadamente. Al ver un camarada muerto, quisieron rematarnos a todos allí mismo; pero un oficial dio orden de diferir la ejecución, y luego presentose un hombre, cuya cara reconocí al momento.

—Es Araceli —me dijo—; después hablaremos.

—Recoja usted su petit —me dijo el oficial.

Dos horas después, al cabo de una marcha penosa, entraba yo en Rebollar de Sigüenza custodiado por los dragones franceses. Éramos doscientos.

XVI

Al llegar al pueblo, la mayor parte de los prisioneros fueron distribuidos en varias casas. Los considerados como tunantes, que era preciso exterminar, fuimos conducidos a la parte alta de la casa del Ayuntamiento y encerrados separadamente. Al entrar en mi prisión, el peso del Empecinadillo me era insoportable: arrojeme sobre el suelo, poniéndole a mi lado, y cuando los franceses me dejaron solo no tardé en dormirme profundamente. Mis ojos, al abrirse, recibieron la impresión de la claridad del día, e hirió mis oídos el débil quejido de la criatura que pedía de comer. Abrigado por el pedazo de colcha que le servía de capote, el pobre niño estaba en un rincón, muy bien colocado y envuelto en una manta desconocida para mí, como si una mano cariñosa le agasajara en aquella posición durante mi sueño. Yo no recordaba haberlo hecho.

El niño estaba caliente. Yo sentía mucho frío. Reconociendo el sitio en que me encontraba, vi que era una habitación abuhardillada, grande y de techo tan bajo, que era difícil estar en pie sin tocar con la cabeza en el maderamen. Entraba la luz por una reja compuesta de ocho barrotes cruzados y poco gruesos, pero nuevos y fuertes. Una puerta de viejas tablas muy sólidas, aseguradas con planchas de hierro y con barrotes y dobles resguardos, cerraba la entrada. No había mueble alguno en aquella fría y tristísima estancia.

Despertó, como he dicho, el Empecinadillo, y extrañando el sitio o la ausencia de mamá Santurrias, y más que nada la falta de alimento, puso el grito en el cielo. Yo apuré todas las razones imaginables para convencerle de su importunidad; mas nada logré. Por fortuna no tardamos en ser visitados por un soldado francés, que nos traía nuestro desayuno.

—Ya sabréis —me dijo en lengua mixta— que vais a ser arcabuceado.