Nos dispararon varios tiros; el Crudo cayó a mi lado, y una navaja atravesó mi manga derecha rozándome la piel... Sé que corrí hacia un punto donde sentía la voz de Orejitas y Sardina... Sé que no pude llegar hasta ellos, y que me encontré junto a otros empecinados que aún se defendían bravamente... Pero no puedo decir por dónde escaparon los que lograron hacerlo... En la confusión con que mi mente me presenta hoy estos recuerdos, solo veo con claridad lo que voy a contar, y es que por un espacio de tiempo que me pareció muy largo, corrí sobre la nieve sin encontrar a nadie en mi carrera, oyendo, sí, gritos, voces, juramentos, aullidos, que ora sonaban a mi derecha, ora a mi izquierda. Miré hacia atrás y vi algunos caballos, no sé si diez o ciento, que corrían en la misma dirección que yo... apreté el paso, y vi delante de mí, sobre el pisoteado fango de nieve, un bulto, un trapo, un envoltorio, del cual salía un lastimero llanto. A pesar de la obscuridad se distinguían dos delicadas manecitas, alzándose hacia el cielo. Maquinalmente y casi sin detenerme, cogí el bulto entre mis brazos y seguí corriendo. Pero los caballos, que seguían mis pasos, me alcanzaron al fin.
—¡Date, date! —gritaban a mi espalda.
Me sentí asido fuertemente. Había caído prisionero.
En derredor mío había muchos franceses, todos frenéticos, poseídos de la terrible borrachera de la victoria. Uno de ellos apuntome con su fusil al pecho, con intento de matarme. Otro, desviando el cañón, me dijo mezclando el francés con el castellano:
—¿Qué traes ahí, fripon?... Un petit... ¿Dónde lo has robado?
—Deja a un lado el petit, que te vamos a fusilar —dijo otro.
—Es un oficial —indicó un tercero, mostrándome benevolencia.
El guerrillero llamado Narices estaba a mi lado sujeto por dos robustos dragones, y al poco rato aparecieron otros cuatro empecinados prisioneros.
—Para esta canalla no debe haber cuartel —exclamó un sargento—; fusilémosles.
Narices, con un movimiento rapidísimo, se desasió de los que le sujetaban, y esgrimiendo la navaja, gritó: