—No hay remedio —dije para mí—. Nos cogen prisioneros.

Retrocedí sin precipitación, aguardando con relativa tranquilidad mi suerte, y al borde del barranco encontré a D. Juan Martín, llevado, o mejor dicho, arrastrado por sus amigos.

—¡Que vienen... que nos cogen! —gritó una voz.

Los caballos, con rápida carrera, avanzaban acuchillando a los dispersos. En un instante estuvieron sobre nosotros, y algunos renegados, a pie, avanzaban trabuco en mano.

—¡A ese, a ese... ahí está! —gritaban con feroces berridos.

Todos corrieron por el llano. D. Juan Martín, agitando los brazos con temblor frenético, vomitó estas palabras:

—Ladrones... ¡venid por mí! ¡Coged al Empecinado!

Y diciéndolo, se precipitó por el barranco abajo, y resbalando por la nieve, se hundió en aquel abismo, cuyo fondo ocultaba la obscuridad de la noche.

Los bandidos miraban a todos lados; los caballos se encabritaron al llegar al borde, y perdiose en aquellos toda esperanza de echar mano al bravo guerrillero. Esto pasó en un período de segundos más breve que el tiempo empleado por mí en contarlo. No me es posible precisar de un modo exacto todos los detalles de aquel suceso, y hasta es probable que altere sin saberlo el orden con que se producía, porque lo que pasa en tales momentos de confusión y espanto queda en la memoria con rasgos y formas indecisas como la sensación producida por el relámpago o las turbias sombras de la pesadilla... Solo puedo decir, sin precisar sitio ni momento, que el Crudo, otros tres y yo nos vimos rodeados por una chusma que nos quería coger prisioneros.

—Aquí nos tienes —exclamé asiendo vigorosamente la carabina por el cañón, y descargando con la culata golpe tan vigoroso sobre la cabeza del más cercano, que lo tendí sobre la nieve.