—¡Que nos copan! —gritó con pánico una voz que reconocí como la de Sardina.

Miré en derredor mío, y no vi a ninguno de los que peleaban a mi lado. Pero no tardé en sentir muy cerca de mí la voz del Empecinado, que gritaba:

—Aquí estoy, ¡cuernos de Satanás! ¡Rayo de Dios! Veremos si hay quien se atreva a ponérseme delante.

Corrí allá. D. Juan Martín, acompañado de sus más fieles amigos, se defendía con bravura, y allí mataban franceses y renegados de lo lindo. Era un grupo aquel que atraía y fascinaba. En el centro, el general se multiplicaba, y con el espectáculo de su heroísmo no había a su lado quien no se sintiera con fuerza sobrenatural y un gran aliento para ayudarle. La idea de que cayese prisionero dábanos a todos un coraje loco que retardaba el fin de tan encarnizada lucha.

Al fin, de entre la masa de enemigos que teníamos delante, destacose una negra figura a caballo. Era mosén Antón, que venía gritando:

—¡Ahí está!... No le dejéis escapar.

—¡Ven a cogerme!... animal... —exclamó el Empecinado—. ¡Aguarda, traidor Judas!

Y quiso lanzarse en medio del fuego. Una mano vigorosa asió por el brazo al jefe de la partida y le arrastró hacia atrás. En medio del estruendo de aquel instante supremo oí la voz de Sardina, diciendo:

—Retirémonos... Juan, ahí tienes mi caballo... Vuela en él.

En derredor mío yacían muchos cuerpos que cayeron para no levantarse más. Yo me asombraba de encontrarme vivo... Retrocedimos haciendo fuego. Los aullidos de los franceses y los renegados anunciaban el júbilo de la victoria. Íbamos a caer prisioneros. Ya no había resistencia posible, y permanecer allí era locura, porque si los fusileros con quienes nos habíamos batido apenas inspiraban cuidado, detrás venía una fuerte columna de dragones con mosén Antón a la cabeza. Estábamos vencidos. Era preciso escapar.