La avanzada francesa embistió a nuestro ejército. El vivo fuego indicaba empeño formidable de una y otra parte. Nuestra vanguardia llevaba ventaja; pero ¡ay! sobre la blancura de la nieve se destacaban enormes masas de franceses, y de pronto, no solo la vanguardia, sino toda la línea, se vio amenazada.
Apretando los dientes y crispando los puños, D. Juan Martín gritó:
—¡Morir antes que retirarnos!
Destrozada nuestra derecha y no pudiendo desarrollarse por aquel lado táctica alguna, a causa de la peligrosa configuración del terreno, retrocedió con violencia. Sardina, tratando de restablecer el orden para la retirada, se internó entre la tropa y pudo conseguir algo. Pero los franceses, cuyo número era muy superior al nuestro, se echaban encima, no daban tiempo a ordenar la resistencia, y hostilizados nosotros por el frente y desde la montaña, nos hallábamos en la situación más crítica que darse puede.
D. Juan Martín, extraviado, furioso, febril, vociferaba de este modo:
—¡Aquí estoy, venid aquí!... Vengan traidores y franceses.
—No podemos hacer nada, ¡rayo! —exclamó Sardina—; pero aún podemos salvarnos.
—¡Resistir a todo trance!... Los empecinados no pueden rendirse —exclamaba el general.
Y abandonando el caballo se lanzó sable en mano al combate. Su presencia hizo muy buen efecto, y aquellos pobres soldados, rendidos de fatiga y muertos de frío, resistieron en medio de la nieve el tremendo ataque de los franceses. No peleaban en correcta línea nuestros guerrilleros, porque ni sabían hacerlo, ni el sitio y la obscuridad lo permitían, y la cuestión se decidía en luchas parciales de grupos que, encontrándose frente a frente, se destrozaban con ferocidad. En los sitios de mayor empeño estaban D. Juan y Sardina con todos los de su comitiva, defendiéndonos más bien que atacando, pues ya no era posible conservar ilusiones respecto al resultado de aquel funesto encuentro. Era difícil de marcar con exactitud los límites de cada uno de los ejércitos, ni señalar dónde acababa uno y empezaba el otro, pues en aquella revuelta masa habíanse mezclado los unos con los otros en brutal choque sin arte ni táctica. La nieve pisoteada era fango y sangre, y nos hundíamos en aquel mar de espuma, que nos salpicaba al rostro. Los movimientos eran difíciles por la falta de suelo, y más que batalla, aquello parecía un baile de exterminio en las regiones a donde por vez primera se llevaran los odios humanos.
De pronto un remolino espantoso agitó aquellos cuerpos incansables; redobláronse los gritos, y todos cambiamos de sitio, mezclándonos más que antes; fuimos arrastrados, como si la movediza escena corriera de un punto a otro, dividiéndose, quebrándose en pedazos mil. Nuevas fuerzas francesas habían entrado en el campo de batalla avanzando con orden, y dejando tras sí a gran número de empecinados.