—No sospechabas tú verme en este sitio —me dijo—. ¿Te acuerdas de mí? ¿Necesito refrescarte la memoria?
—No: recuerdo bien.
—Estás hecho un personaje, y es lástima que te quiten la vida —dijo buscando un asiento con la vista—. ¿No hay aquí donde sentarse? No puedo estar en pie. Padezco mucho.
—¿Está usted enfermo?
—Sí —me respondió, echándose en el suelo y oprimiendo su pecho con la mano izquierda, mientras se apoyaba en el derecho brazo—. He contraído una enfermedad en el corazón... es de tanto sentir. Soy desgraciado, Gabriel: no se puede vivir con estas serpientes enroscadas en el órgano principal de la vida... Con que vamos a ver, joven: ya nos conocemos de antiguo y son ociosos los preámbulos. Vengo aquí a salvarte la vida.
—Lo agradezco —dije levantándome—. ¿Me puedo marchar?
—No, todavía no. Antes hablaremos. No se te puede perdonar por tu linda cara. El comandante está furioso, porque tú y los que contigo fueron hechos prisioneros asesinaron a traición al sargento Duclós. No hay perdón para un crimen semejante. Sin embargo, considerando que eres oficial, el comandante te perdona, siempre que te comprometas desde hoy a servir a la causa francesa, cambiando tu bandera por la nuestra. Yo le dije al comandante que lo harías.
—Mal dicho —repuse con calma—, porque no lo haré. Acepto la muerte. Semejante infamia no es propia de mí. Si no ha traído usted otra comisión, puede retirarse.
—Aquí no se trata de hacer el tonto con sublimidades —me contestó—. Piensa bien lo que dices. En otro tiempo comprendo que tuvieras escrúpulos de pasarte a nosotros; pero hoy... Vamos ganando la partida. Tomada Valencia; sometidas Tarragona, Tortosa, Lérida, todo este país será nuestro. Los más famosos guerrilleros comprenden que tendremos gobiernos de José para un rato, y vienen a que les demos grados y pagas. En la batalla de anoche el ejército de D. Juan Martín ha sido completamente destrozado. ¿Qué piensas hacer? ¿Qué ambición tienes? ¿Sabes que Cádiz no podrá resistir dos semanas, y que Wellington ha sido envuelto y se ha refugiado de nuevo en Portugal?
—Todo eso podrá ser verdad o error —repuse—; pero yo no me paso al enemigo. Estoy dispuesto a morir.