—Mira que no te salvan todas las potencias celestiales... Pon atención... silencio. ¿No oyes ruido en la pieza inmediata?
Al través del muro se oían voces y fuertes pisadas.
—Es que sacan a Narices para arcabucearle. A ti te tocará esta tarde o mañana temprano, porque siendo oficial de ejército, conviene dar a esto la forma de proceso.
—Solo, abandonado, pobre, sin fortuna, sin honores —respondí—, prefiero la muerte a la deshonra. Hay en mí un alma que no se vende. Este hombre obscuro se consuela de la muerte en la grandeza de su conciencia. Señor D. Luis, hágame usted el favor de dejarme solo.
D. Luis calló un breve rato. Luego oímos algunos tiros, y temblé. Un sudor frío inundó mi frente, y mi espíritu vaciló. Puedo deciros que sentí tambalear mi conciencia como un edificio que amenaza ruina.
—Narices ha dejado de existir —dijo Santorcaz clavando en mí sus expresivos ojos—. Se me olvidaba decirte que tendrás el grado inmediato, dinero, y si quieres un título de nobleza.
—Lo que quiero es la muerte —exclamé, sintiendo que de improviso se redoblaba mi entereza—. ¡Quiero la muerte, sí, porque aborrezco la vida en medio de esta vil canalla! Antes que estrechar la mano de un español renegado o de un francés, me dejaré morir de hambre en esta prisión, si no me matan pronto o me ponen en libertad. Sr. Santorcaz, si no quiere usted que le manifieste cuánto desprecio a la miserable gente que me quiere sobornar, y a usted mismo y a todos los renegados y perjuros que están con los franceses, déjeme usted solo. Quiero estar solo. Váyase usted con Dios o con el diablo.
Poniéndome en pie, le volví la espalda.
—Bien —dijo Santorcaz con calma—: me retiro y te dejo solo. Pero di, ¿es tuyo este chiquillo? Es preciso retirarlo de aquí. Pues que no quieres vivir, voy a decir al comandante tu resolución... Ya no te veré más, porque parto dentro de una hora para Cifuentes.
Esta palabra me hizo estremecer, y volviendo al lado de Santorcaz, le miré con extraviados ojos.