—¿Por qué me miras así? —me preguntó.
—Por nada —repuse.
—Puesto que voy a Cifuentes —añadió—, me ofrezco a llevar, si gustas confiármelos, tus últimos recuerdos para dos personas que no te quieren mal y que están en dicha villa.
Al oír esto, no pude, no, no pude contener una amarguísima congoja que llenó mi pecho, oprimió mi garganta, turbó mi cerebro, paralizando en mí la vida por algunos instantes. Hice esfuerzos para vencer aquel dolor inmenso... iba a llorar, nada menos que a llorar como un chiquillo delante de mi sobornador; y reconcentrando en el corazón toda la energía de mi voluntad, me lo retorcí, lo ahogué, lo acogoté como se acogota a un animal que muerde, venciéndole al fin.
—No tengo ningún recado que mandar —exclamé mirando frente a frente al afrancesado.
—Es lástima —dijo él con aquella flema imperturbable que le abandonaba rara vez—; es lástima que no te despidas de ellas, porque, según oí, madre e hija te aprecian mucho.
—Lo sé... —repuse vacilando—. Les enviaría una carta, mas no con usted.
—Haces mal, porque forzosamente he de verlas. ¡Pobrecitas, cómo se entristecerán cuando sepan que has muerto! Dame alguna prenda tuya, tu reloj, un anillo, cualquier cosa, para llevárselo a la que has considerado hasta aquí como destinada a ser tu esposa.
Con esta puñalada, Santorcaz me atravesó de parte a parte el corazón.
—No tengo nada que mandar —repuse sombríamente—. ¿Y se puede saber con qué fin va usted a casa de esas señoras?