—Debiera reírme de tu pregunta y enviarte a paseo. Pero a un hombre que va a morir deben guardársele ciertas consideraciones. ¿Sabes que la condesa desde hace algunos días está enferma en cama? Voy a Cifuentes, porque ha llegado la ocasión de apropiarme lo que me pertenece. Inés es mi hija.

No le contesté nada.

—Las supercherías —prosiguió— empleadas para desfigurar la verdad, han hecho muy desgraciada a la pobre condesa. Ha reñido con su tía; reclama sus derechos de madre, y la ley no le hace caso. D. Felipe ha muerto en Madrid el mes pasado después de poner en duda en un documento solemne la legitimación de la muchacha. Yo quiero cortar bruscamente la cuestión llevándome a mi hija conmigo. Este ha sido el pensamiento de toda mi vida; y si en la Corte no lo pude conseguir, lo conseguiré en Cifuentes. Cuando descubrí que estaban allí, me puse enfermo de alegría.

Tampoco ahora le contesté nada.

—Ya no está en mi poder —prosiguió—, porque no he querido promover un escándalo. Estas cosas deben hacerse con arte...

—¡Con cuánta fuerza se han desarrollado en usted los sentimientos paternales! —exclamé con colérica ironía.

—No te burles —respondió con la misma calma—. Ya sé que me tienes por un malvado abominable, por un calavera empedernido y sin corazón. Si algo de esto es verdad, culpa a la condesa y a su familia, no a mí. Yo era un buen muchacho. ¡Ay! me envenenaron el alma... Afortunadamente ahora me toca a mí. La vuelta colosal que ha dado el mundo, ¡quién lo creería! me ha puesto a mí arriba y a ellos abajo. Pasó la hora en que ellos eran fuertes y yo débil, y estamos en la hora de mi poder y de su flaqueza. Descargaré la mano, rompiendo lo que encuentre.

Yo estaba aterrado, ¿a qué negarlo? Largo tiempo miré en silencio a aquel hombre, interrogándole con la vista. Quería sondearle, y al mismo tiempo temía conocer sus pavorosos secretos.

—A un desgraciado que va a morir —me dijo mudando de postura para conllevar las dolencias de su pecho— se le puede confiar cualquier cosa. Voy a decirte lo necesario para que no veas en mí una criatura díscola y vengativa que se goza en hacer daño.

XVIII