—¿Y mi madre?

—Buena... ¿qué digo buena?... medio muerta por tu ausencia... ven al instante... Estás en mi poder... ¿Lloras de alegría?

La estreché con vehemente cariño en mis brazos, y repetí:

—¡Sígueme al momento... pobrecita!... Te ahogas aquí... ¡tanto tiempo buscándote!... ¡Huyamos, vida y corazón mío!

La noticia de mi próxima muerte no me hubiera producido tanto dolor como las palabras de Inés cuando, temblando en mis brazos, me dijo:

—Márchate tú. Yo no.

Separeme de ella, y la miré como se mira un misterio que espanta.

—¿Y mi madre? —repitió ella.

Su voz débil y quejumbrosa apenas se oía. Resonaba tan solo en mi alma.

—Tu madre te aguarda. ¿Ves esta carta? Es suya.