Arrebatándome la carta de las manos, la cubrió de besos y lágrimas, y se la guardó en el seno. Luego, con rapidez suma, se apartó de mí, señalándome con insistencia el patio.

El espíritu que va consentido al cielo y encuentra en la puerta a San Pedro, que le dice: «Buen amigo, no es este vuestro destino: tomad por aquella senda de la izquierda»; ese espíritu que equivoca el camino, porque ha equivocado su suerte, no se quedará tan absorto como me quedé yo.

En mi alma se confundían y luchaban también sentimientos diversos: primero una inmensa alegría, después la zozobra; mas sobre todos dominaron la rabia y el despecho, cuando vi que aquella criatura tan amada, a quien yo quería devolver la libertad, me despedía sin que se pudiera traslucir el motivo. ¡Era para volverse loco! ¡Encontrarla después de tantos afanes, entrever la posibilidad de sacarla de allí para devolverla a su angustiada madre, a la sociedad, a la vida; recobrar el perdido tesoro del corazón, tomarlo en la mano y sentir rechazada esta mano!...

—¡Ahora mismo vas a salir de aquí conmigo! —dije sin bajar la voz y estrechando tan inertemente su brazo que, a causa del dolor, no pudo reprimir un ligero grito.

Arrojose a mis plantas, y tres veces, tres veces, señores, con acento que heló la sangre en mis venas, repitió:

—No puedo.

—¿No me mandaste que viniera? —dije, recordando el papel escrito con carbón.

Tomó de una mesa un largo pliego escrito recientemente, y dándomelo, me dijo:

—Toma esa carta, vete y haz lo que te digo en ella. Te veré otro día por esta ventana.

—No quiero —grité, haciendo pedazos el papel—. No me voy sin ti.