Me asomé por la ventana y vi que Jean-Jean y Ramoncilla habían desaparecido. Inés se arrodilló de nuevo ante mí.
—¡La llave, trae pronto la llave! —dije bruscamente—. Levántate del suelo... ¿oyes?
—No puedo salir —murmuró—. Vete al momento.
Sus grandes ojos, abiertos con espanto, me expulsaban de la casa.
—¡Estás loca! —exclamé—. Dime «Muere», pero no digas «Vete...» Ese hombre te impide salir conmigo; tiene tanto poder sobre ti, que te hace olvidar a tu madre y a mí, que soy tu hermano, tu esposo; ¡a mí, que he recorrido media España buscándote, y cien veces he pedido a Dios que tomara mi vida en cambio de tu libertad!... ¿Te niegas a seguirme?... Dime dónde está ese verdugo, porque quiero matarle: no he venido más que a eso.
Su turbación hizo expirar las palabras en mi garganta. Estrechó amorosamente mi mano y con voz angustiosa que apenas se oía, me dijo:
—Si me quieres todavía, márchate.
Mi furor iba a estallar de nuevo con mayor violencia, cuando un acento lejano, un eco que llegaba hasta nosotros debilitado por la distancia, clamó repetidas veces:
—Inés, Inés.
Una campanilla sonó al mismo tiempo con discorde vibración.