—¡Un hombre, un ladrón! —exclamó Santorcaz.

—El ladrón eres tú —afirmé adelantando con resolución.

—¡Oh! Te conozco, te conozco... —gritó el anciano levantándose no sin trabajo de su asiento, y arrojando a un lado almohadas y cojines.

Inés al verme lanzó un grito agudísimo, y abrazó a su padre diciendo:

—No le hagas daño; se marchará.

—Necio —gritó él—. ¿Qué buscas aquí? ¿Cómo has entrado?

—¿Qué busco? ¿Me lo preguntas, malvado? —exclamé poniendo todo mi rencor en mis palabras—. Vengo a quitarte lo que no es tuyo. No temas por tu miserable vida, porque no me ensañaré en ese infeliz cuerpo, a quien Dios ha dado el merecido infierno con anticipación; pero no me provoques ni detengas un momento más lo que no te pertenece, reptil, porque te aplasto.

Al mirarme, los ojos de Santorcaz envenenaban y quemaban. ¡Tanta ponzoña y tanto fuego había en ellos!

—Te esperaba... —gritó—. Sirves a mis enemigos. Hijo del pueblo que comes las sobras de la mesa de los grandes, sabe que te desprecio. Enfermo e inválido estoy; mas no te temo. Tu vil condición y el embrutecimiento que da la servidumbre, te impulsarán a descargar sobre mí la infame mano con que cargas la litera de los nobles. Desprecio tus palabras. Tu lengua que adula a los poderosos e insulta a los débiles, solo sirve para barrer el polvo de los palacios. Insúltame o mátame; pero mi adorada hija, mi hija, que lleva en sus venas la sangre de un mártir del despotismo, no te seguirá fuera de aquí.

—Vamos —grité a Inés ordenándole imperiosamente que me siguiera, y despreciando aquel gárrulo estilo revolucionario que tan en boga estaba entonces entre afrancesados y masones—. Vamos fuera de aquí.